Cantante estrictamente de cámara, Conchita Badía estudió nada menos
que con el compositor Enrique Granados, y recibió asimismo consejos y
lecciones de Manuel de Falla (a cuya obra de canto está intrínsecamente
unida, gracias a un preciosísimo legado discográfico) y del
violonchelista Pablo Casals. Acompañada al piano por Granados, hizo su
debut en Barcelona (donde había nacido el 14 de noviembre de 1897) a los
dieciséis años, con el estreno de las atractivas Canciones
amatorias. Una fecha anterior se sitúa su primera aparición en
público como una de las muchachas-flor de Parsifal, de Wagner en
compañía del famosísimo tenor Francisco Viñas. Dedicada por completo a
la canción de cámara, fue intérprete magnífica de lied alemán,
aunque es recordada sobre todo como imponente embajadora de la canción
española o hispanoamericana.
Exiliada por circunstancias políticas con toda su familia en
Argentina, aquí mantuvo estrecha amistad con otros exiliados como Julián
Bautista, Manuel de Falla y Gustavo Pittaluga, así como con compositores
argentinos de la categoría de Juan José Castro y Alberto Ginastera. De
regreso a España fue profesora en el Conservatorio Municipal de
Barcelona, contó entre sus alumnos con la soprano Carmen Bustamante y
el tenor Carlo del Monte (y fugazmente Montserrat Caballé). También se
hizo cargo de la Cátedra de Canto en Santiago de Compostela. En 1939 dio
a conocer en Buenos Aires tres fragmentos del Wozzeck, de Berg
dirigida por Fritz Busch, lo que informa de su curiosidad musical como
artista. Fue también una excelente intérprete de piano, una formación
que completó con Frank Marshall, quien fuera también profesor de Alicia
de Larrocha. Precisamente en compañía de esta pianista, Badía grabó a
los 65 años las Canciones amatorias de Granados, cumplimentando
así una elipse artística iniciada cinco décadas atrás. Badía murió en
Barcelona el 2 de mayo de 1975.