19. El poder de la arqueología urbana
El 30 de septiembre de 1958 un obrero sevillano tuvo y dio un golpe
de suerte: al abrir una zanja en el curso de las obras de ampliación de
la Sociedad del Tiro de Pichón que se estaban haciendo, rompió con su
pico una vasija de cerámica repleta de piezas primorosamente labradas en
oro: dos brazaletes, dos pectorales, un curiosísimo collar y dieciséis
placas rectangulares... El obrero con suerte repartió el premio legal
por su hallazgo con sus treinta compañeros de obra y el tesoro pasó a
manos de la Administración. Tras varios acuerdos, Sevilla consiguió que
las joyas no viajaran a Madrid, en una época centralista en la que esto
ocurría con cualquier objeto arqueológico de importancia.
Durante meses, en los periódicos estuvieron publicándose notas y
artículos, más o menos eruditos, sobre este tesoro. Primero fue
considerado celta por la profusión de sus adornos geométricos;
luego se dijo que vendría de Egipto. También se atribuyó a orfebres
asirios, púnicos e incluso visigodos. Pero pronto prevaleció la opinión
de los especialistas más académicos, que defendieron la autoría indígena
de tal obra de arte, contribuyendo con ello a enriquecer las razones
nacionalistas de la época, un primer franquismo política y
económicamente cerrado al exterior.
Pero, ¿qué pueblo de la Hispania prerromana podía haber sido capaz de
demostrar tal barroquismo, más propio del oriente que de grupos
prehistóricos y primitivos como los que aquí se suponían?
La respuesta, como en tantas otras ocasiones, fue Tartessos, esa
mítica región o ciudad o estado nombrada por la Biblia y por algunas
fuentes clásicas, célebre por su riqueza en metales preciosos y situada
en un punto ignoto del extremo occidente del Mediterráneo. Tartessos ha
sido colocado geográficamente en Lisboa, en el Coto de Doñana, en
Cádiz, en Huelva, en Tarifa... Un buen número de importantes autores, y
no sólo españoles, han dedicado sus vidas o parte de ellas y continúan
haciéndolo: el enigma no ha sido resuelto, al menos no al gusto de
todos al empeño de descubrir dónde estaba Tartessos.
Desde el hallazgo del tesoro del Carambolo, para las gentes de
Sevilla, no hay duda: ellos son Tartessos.