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20. El tesoro del Carambolo y el mítico Tartessos


Viernes, 14 de noviembre de 2003


Por María Ángeles Querol

19. El poder de la arqueología urbana

El 30 de septiembre de 1958 un obrero sevillano tuvo —y dio— un golpe de suerte: al abrir una zanja en el curso de las obras de ampliación de la Sociedad del Tiro de Pichón que se estaban haciendo, rompió con su pico una vasija de cerámica repleta de piezas primorosamente labradas en oro: dos brazaletes, dos pectorales, un curiosísimo collar y dieciséis placas rectangulares... El obrero con suerte repartió el premio legal por su hallazgo con sus treinta compañeros de obra y el tesoro pasó a manos de la Administración. Tras varios acuerdos, Sevilla consiguió que las joyas no viajaran a Madrid, en una época centralista en la que esto ocurría con cualquier objeto arqueológico de importancia.

Durante meses, en los periódicos estuvieron publicándose notas y artículos, más o menos eruditos, sobre este tesoro. Primero fue considerado celta por la profusión de sus adornos geométricos; luego se dijo que vendría de Egipto. También se atribuyó a orfebres asirios, púnicos e incluso visigodos. Pero pronto prevaleció la opinión de los especialistas más académicos, que defendieron la autoría indígena de tal obra de arte, contribuyendo con ello a enriquecer las razones nacionalistas de la época, un primer franquismo política y económicamente cerrado al exterior.

Pero, ¿qué pueblo de la Hispania prerromana podía haber sido capaz de demostrar tal barroquismo, más propio del oriente que de grupos prehistóricos y primitivos como los que aquí se suponían?

La respuesta, como en tantas otras ocasiones, fue Tartessos, esa mítica región o ciudad o estado nombrada por la Biblia y por algunas fuentes clásicas, célebre por su riqueza en metales preciosos y situada en un punto ignoto del extremo occidente del Mediterráneo. Tartessos ha sido colocado geográficamente en Lisboa, en el Coto de Doñana, en Cádiz, en Huelva, en Tarifa... Un buen número de importantes autores, y no sólo españoles, han dedicado sus vidas o parte de ellas —y continúan haciéndolo: el enigma no ha sido resuelto, al menos no al gusto de todos— al empeño de descubrir dónde estaba Tartessos.

Desde el hallazgo del tesoro del Carambolo, para las gentes de Sevilla, no hay duda: ellos son Tartessos.

 


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