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Martes, 11 de noviembre de 2003

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ARTE / Claroscuro

Operación de trasplante

Por Susana Calvo Capilla

La obra se atribuye a Fernando del Rincón aunque hay ciertas dudas en cuanto al estilo. De este pintor sabemos muy poco, sólo que procedía de Guadalajara, donde estaba en 1491 y donde debió de pintar esta obra; también pasó por Toledo y estuvo al servicio del rey Fernando el Católico desde 1514. Murió después de 1517. El soberano recomendaba a su pintor con estas alabanzas: «Hernando del Rincón [...] es muy gran maestro y sé que en estos reinos no hallaréis persona que tan bien lo acabase».

En esta tabla de altar se relatan dos milagros de los hermanos médicos San Cosme y San Damián, muertos en martirio en época romana y patrones de los galenos, cirujanos y boticarios. El asunto principal es la curación del sacristán de una iglesia de Roma de la cual eran titulares los santos. Éstos han intercambiado la pierna gangrenada del enfermo por la del cadáver de un negro que acababa de ser enterrado en el cementerio de San Pedro ad Vincula. Los dos físicos observan al paciente que aún duerme por los efectos de algún narcótico usado como anestesia; la rama que sostiene en la mano debe hacer alusión a ello, posiblemente es de mandrágora o adormidera. El cadáver yace en el suelo envuelto en un sudario blanco y con la pierna ulcerada del enfermo. A pesar de ser un fenómeno milagroso y paramédico, podría considerarse la primera operación de trasplante de la historia.

A la derecha está sentado el segador que protagoniza otro de sus milagros curativos: tras invocar su nombre, el hombre escupe el mal en forma de serpiente. Los dos santos, ataviados como el resto de los personajes con trajes del siglo xv, llevan colgados de su cintura sendos morteros, un utensilio que los identifica como boticarios. Uno de ellos tiene en sus manos una cajita de ungüentos y una espátula para aplicarlos. Un solio situado tras la cama permite al pintor acotar un espacio interior donde se produce la curación. De él cuelga un tondo con la imagen de la Virgen y el Niño, a quien sin duda se habían encomendado. Flanquean el lecho dos edificios renacentistas vistos en torpe perspectiva. A las ventanas de la galería superior se asoman una multitud de personajes, testigos del milagro. En el piso inferior del edificio de la izquierda hay una hornacina con una calabaza a la que le falta un gajo. Según el tratado médico de Andrés Laguna (siglo xvi), este fruto era empleado en la farmacopea hispana en forma de emplastos para mitigar las hinchazones y los apostemas. A la derecha, unos grandes ventanales dejan ver el interior de lo que podría ser una botica medieval, con una jarra, un paño colgado, una palmatoria y otros objetos. Entre ellos hay también una granada, símbolo cristiano de la fecundidad, de la abundancia de gracia o de la modestia, a lo que hay que sumar que era el emblema heráldico de Granada, ciudad conquistada a los musulmanes por los Reyes Católicos en 1492. La presencia del fruto hace pensar que este cuadro fue pintado después de esa fecha.

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