Por José Jiménez LozanoAndalucía ha
logrado que la simple palabra gazpacho se haya hecho inseparable del adjetivo andaluz,
y hasta que el adjetivo haya devorado al nombre; pero ello ha ocurrido por la indudable
calidad de este plato en aquélla región. Nadie va a discutirlo.
En los tiempos barrocos, el gazpacho era una sopa
que admitía todo en ella, y no era necesariamente una sopa fría; pero lo cierto es que
en tiempos muy remotos, los bíblicos y los anteriores a ellos, lo que al fin y al cabo
constituye la esencia de ese plato, esto es, agua, aceite y vinagre, fue un refresco o una
especie de consomé veraniego, y de casi de todo el año en aquellas regiones del
medio oriente mediterráneo. Lo que quiere decir que el gazpacho nos viene de donde nos
vino la idea del Edén, y que todo lleva trazas de que el sabor de aquél y la memoria y
búsqueda de éste, acompañarán al hombre los siglos venideros, como ha ocurrido hasta
aquí, si es que los humanos no se deciden a alimentarse con preparados de laboratorio,
claro está.
Luego, naturalmente, el gazpacho puede
sofisticarse lo que se quiera, y hay tantos gazpachos como cocineros; pero en todos ellos
ha de estar lo esencial. De otro modo las gentes dirán enseguida aristotélicamente que
aquel gazpacho o aquel cocido no tienen sustancia. Y yo no sé si hay medida,
más cierta que ésta, de la muerte de la cultura de las esencias, en la que las cosas
eran lo que eran, y de su sustitución por la cultura de las denominaciones, en
la que las cosas son o que se decide que sean o como se determina que se denominen o
llamen. Y entonces, gazpacho puede ser cualquier cosa, como cualquier cosa puede ser
gazpacho, claro está. Aunque sea leche y se la sirva hirviendo. |