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Viernes, 29 de noviembre de 2002

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Literatura

Libros de viajes medievales, 3. El espacio

Por Miguel Ángel Pérez Priego

Con todo, lo más importante en el libro de viajes, lo que crea su verdadero orden narrativo, es el espacio, los lugares que se recorren y se describen. En principio, diríamos que en ese punto hay propósito de describirlo todo, de incorporarlo todo al relato, aunque sólo sea mediante su simple mención. El Libro del conosçimiento, que es algo así como un relato cartográfico, como un inmenso mapa desplegado en palabras, trata de comprender nada menos que «todos los reinos e tierras e señoríos que son por el mundo». Aunque con propósitos menos ambiciosos y sí más ceñido a un itinerario concreto, la Embajada a Tamorlán tampoco desdeñará la incorporación al texto de todos y cada uno de los parajes que recorren los embajadores por insignificantes que sean, produciéndose con ello un espectacular amontonamiento de nombres y lugares.

Pero, a pesar de ese primer impulso totalizador, no todo es de la misma importancia para el viajero, por lo que el narrador se verá obligado a elegir y seleccionar los hitos fundamentales del itinerario. Esos puntos privilegiados serán, precisamente, las ciudades. Ellas, en efecto, van constituyendo los verdaderos núcleos narrativos en torno a los que se organiza la relación del viaje. Hasta el extremo de que, cuando no existen ciudades en una etapa del itinerario que se sigue, se produce una brusca aceleración del tiempo de la narración. En cambio, la presencia de una ciudad importante (Constantinopla, Venecia, Roma) retarda el ritmo temporal y alarga la narración. La descripción de esas ciudades, por lo demás, se hará conforme a un esquema compositivo fijo, de rancia tradición retórica, en el que se atiende invariablemente a los siguientes aspectos: la antigüedad y fundadores de la ciudad, su situación y fortificaciones, la fecundidad de sus campos y aguas, las costumbres de sus habitantes, sus edificios y monumentos, y sus hombres famosos, para todo lo cual se encarece además el uso de la comparación como procedimiento descriptivo.

En torno a ese núcleo narrativo que forma la descriptio urbis se organizará ya todo el relato mediante la puesta en práctica de los comunes procedimientos amplificativos y disgresivos. El marco de la ciudad, la llegada a ella, dará ocasión para contar el mundo visto y experimentado: el recibimiento y audiencias de los mandatarios del lugar, lo que a su vez permite describir el ceremonial cortesano, las fiestas, los vestidos, los usos de la corte y la organización política (todo ello de primordial importancia en la Embajada,pero también muy estimado por Tafur); las visitas a edificios y monumentos, lo que da pie a digresiones religiosas sobre el culto, las reliquias o leyendas hagiográficas; el encuentro con gentes particulares, cuya historia o leyenda se narra. De igual modo, podrán introducirse también digresiones sobre la propia historia de la ciudad y sus relaciones políticas con otros lugares, sobre sus personajes famosos, sobre las costumbres y modos de vida (carácter de sus gentes, hábitos en el vestir o en el comer, sus medios de trabajo, sus mercados) o sobre los productos de la región, plantas, piedras preciosas, animales, etcétera.

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