ARTE / Claroscuro
Por Carmen Rallo
La palabra Renacimiento surgió del deseo de «volver a nacer de nuevo», aunque implica la vuelta a la Antigüedad clásica. En la pintura, Giotto redescubrió el arte de crear la ilusión de la profundidad sobre una superficie plana, y por ello fue ensalzado e imitado. Su gran novedad fue el dotar a sus figuras de volumen. Pero es a Bruneleschi al que se atribuye el descubrimiento de la perspectiva, él proporcionó a los artistas los medios matemáticos para resolver el problema de representar cómo los objetos disminuyen de tamaño a medida que se alejan del espectador. La nueva arquitectura pictórica, resuelta por medio de las reglas de la perspectiva, es decir, mediante el previo trazado de verticales, horizontales y líneas de fuga, era el mejor marco para la creación renacentista de realidad, como así lo demuestra La santísima Trinidad de Massacio, en Florencia, una de las primeras obras que se hicieron siguiendo estas novedosas indicaciones (1427).
La fascinación por las nuevas posibilidades de expresión pictórica despertó gran interés entre los artistas. Se decía que el florentino Paolo Ucello se impresionó tanto ante el descubrimiento de la perspectiva que pasaba días enteros planteándose soluciones diseñadas para distintos problemas, completamente embebido en su trabajo, de tal manera que sólo exclamaba de vez en cuando: «¡Oh che dolce cosa è questa prospettiva!».
La obra del Prado de Mantegna, que a pesar de sus reducidas dimensiones es una verdadera joya, nos permite disfrutar de ese empleo italiano de la perspectiva. Realizado durante la época en que habitaba en Mantua (1459), demuestra sus cualidades como miniaturista. Cualidades que quizás se basan en el conocimiento y admiración que tenía por la pintura flamenca, y en especial, por Durero. El alemán, invitado por el italiano a ir a Mantua, no pudo realizar su deseo debido a su muerte. Se cuenta que Mantegna comentaba: «Qué lástima que yo no tenga el talento de Durero y que él no tenga mi ciencia».