Por José Jiménez LozanoObviamente, cada
tiempo y cada grupo cultural tiene una valoración de las cosas; no hace falta decirlo. Y
quizás también decide que sólo ella es válida.
Los títulos académicos, por ejemplo, siempre
han impresionado mucho, y ahora leo en un estudio sociológico que afirma que la sociedad
rural ha desaparecido en una determinada región española, porque en los pueblos, el que
menos tiene un título de especialidad técnica, y se leen abundantemente los periódicos.
Y, en otro informe del mismo tipo acerca de otra región asegura que está muy retrasada,
porque todavía es allí utilizada la calefacción llamada gloria, es decir, el hipocaustum
romano, o calefacción del suelo caliente que, ahora, en cuanto que calentado
eléctricamente y, por lo tanto, pagando por ello mucho más que alimentado con
hojas secas de pino se llama suelos radiantes, tecnológica y
culturalmente aceptables.
He contado, sin embargo, los doctores y los
analfabetos de un pueblo castellano, ya grandecito para la época, el reinado de Carlos I
casi tres mil habitantes, y ha resultado que había once doctores, médicos
aparte, y siete analfabetos. Y no hay por qué generalizar, sin duda; sólo lo anoto como
puro signo de los juegos que pueden hacerse con los estudios sociológicos para avalar
nuestros prejuicios u opiniones.
Pero no son tesis las que tienen que mostrarse,
sino la realidad de cada caso, sin sacar dogmáticas conclusiones. En el sepulcro de
Pascal, sus amigos escribieron «Doctus, non Doctor». Es decir, era un sabio, no alguien
que tenía un título de doctor, que lógicamente no es lo mismo. Aunque los estudios como
a los que me referí más arriba seguirán detectando únicamente los doctores, y sacando
la conclusión de que hay muchos sabios, y todo lo demás que queda indicado; pero sobre
todo de que se está conociendo la realidad; y quizás debiéramos ser más doctos
y menos doctorales... |