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Jueves, 21 de noviembre de 2002

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Cine y televisión

Cine hispanoamericano en España

Por Blas Matamoro

No abundan las películas hispanoamericanas en las carteleras españolas. En parte, esta escasez se compensa con las coproducciones, donde se mezclan felizmente los actores y directores de ambas orillas del Atlántico. Hasta es posible que tengamos pronto cine en español filmado en los Estados Unidos, por razones de peso demográfico y social.

Con todo, el espectador español pudo conocer parte de la obra del cine ultramarino: el cubano Gutiérrez Alea, los colombianos Gaviria y Schroeder, el peruano Lombardi, los argentinos Aristarain y Piñeyro, el venezolano Chalbaud, el mexicano Ripstein, el chileno Raúl Ruiz, todos ellos más o menos favorecidos por la circulación comercial. A ella conviene añadir la infatigable tarea de la Casa de América en Madrid, y los festivales de Huelva y San Sebastián. La televisión, de modo desordenado y con intermitencias, también ha contribuido a completar la información.

El cine hispanoamericano se hace con enormes dificultades. La competencia con las multinacionales es desfavorable. Los costos de producción, muy elevados. La distribución, ineficaz. El público, por razones económicas, restringido. Los apoyos oficiales, cada vez más exiguos. No obstante, la dificultad parece estimular a los más audaces y el arte fílmico del subcontinente se niega a desaparecer.

El cine va perdiendo, en todo el mundo, su carácter de espectáculo masivo, a favor de la televisión, el vídeo y el DVD. La gente se retrae de las salas y prefiere ver películas en casa o en el bar, donde se agrupan los forofos del fútbol para alentar mágicamente a sus equipos. La televisión es ahora el vehículo privilegiado para la circulación cinematográfica.

En consecuencia, sería deseable que las emisoras de televisión, tan entusiastas de programas de cotilleo y grandes hermanos, dedicaran por sistema algunas horas de programación al cine de nuestra lengua, ésa que hablamos 400 millones de personas dispersas por el ancho mundo. Creo que nos merecemos este solaz para no perder de vista (y de oído) que estamos hablando, a la vez, y escribiendo y callando, protestando y amando, dialogando y peleando, tantos cientos de millones de seres humanos, con las mismas o similares palabras.

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