Por José Jiménez LozanoHay muchas cosas
que admirar en la magnificencia de la exposición que de Carlos I se llevó a cabo en
Toledo; pero, naturalmente, los niveles de admiración son distintos: el esplendor, la
belleza, la épica, el momento histórico, la maravilla de los grabados, las letras, el
drama religioso, pero quizás sobre todo los retratos que nos miran y que allí hablan
verdaderamente. Y algunos nos cautivan, además. Pongamos por caso el de las infantas,
Juana y Catalina, luego madre y tía del emperador respectivamente.
Cuando se sabe el final de la novela, es decir,
cuáles fueron sus vidas, estos rostros se ponen a relucir mucho más intensamente, y como
si quisiéramos y pudiéramos, realmente evitarles todo el drama que luego
hubo en su vida. El doloroso encierro de Juana en Tordesillas durante tantos años, el
oscurecimiento de su mente, si es que se dio, o la rumia de su apartamiento y desgracia,
si es que en eso consistió su locura. La humillación de Catalina en Inglaterra, su
inmenso valor y dignidad de mujer desdeñada y reina apartada, asistiendo además a la
ejecución de las otras reinas, que, por voluntad del rey, su marido, le sucedieron. La
prisión de por vida, para ambas, disimulada detrás de formalismos de respeto. La verdad
es que, ante estos retratos, sentimos la necesidad de parar el tiempo en la niñez: una
locura; pero quizás es solamente el sentimiento que nos avisa de que ahí, en la niñez,
está la fuente y consistencia de lo que somos.
Casi parece faramalla luego todo lo demás que
allí vemos: tanto trajín, tanta belleza, y tanta gloria. ¡Cuán terrible es el poder!
Estas muchachas, desde que nacieron, estaban destinadas a ser un puro instrumento
político, sin contar ellas para nada. Y tampoco es que se cuente con nosotros, claro
está; pero ni queremos, como seguramente ellas lo hubieran querido. Pero eran princesas,
y no de cuento.
Pero en estos retratillos aún no lo sabían, no
hay neblina alguna en sus ojos. Aunque sí de melancolía, de simpatía en los nuestros. |