Música y escena
Por Carlos Barreiro Ortiz
El caso de la compositora colombiana Jacqueline Nova (1935-1975) perfila la imagen de un artista latinoamericano que decide entrar en contacto con la estética y los conceptos de su tiempo, en medio de un ambiente conformista y despreocupado de los adelantos técnicos y de sus posibilidades de expresión. Al cabo de casi tres décadas de su prematuro fallecimiento en Bogotá, su figura ha alcanzado la categoría de un mito. Una leyenda que se apoya en la audición de unas pocas obras que empiezan a resonar desde el sur del Continente a finales de la década de 1960: una partitura para cuerdas y piano (Doce móviles) premiada en Caracas en 1971, una pieza electroacústica estrenada en Buenos Aires en 1973 (Cantos de la creación de la tierra), otros trabajos electrónicos, algunas canciones, un par de artículos publicados en revistas especializadas, un ciclo radiofónico del cual sólo queda el libreto analítico y bien informado.
De esta manera, se repite el fenómeno tan común de que el conocimiento del personaje y el análisis de su obra se escatima en favor de una idea generalizada que se ha difundido quién sabe cómo. Jacqueline Nova ingresa al Conservatorio nacional en 1958 a la cátedra de piano. En poco tiempo, la futura pianista concertista se aparta de los objetivos familiares para incursionar en el campo de la composición. En 1967 obtiene su grado, siendo la primera mujer compositora que obtiene en Colombia un título en esa disciplina. Recién regresada del conservatorio, Jacqueline Nova obtiene una beca para estudiar en Buenos Aires en el Instituto Torcuato di Tella. Allí, su horizonte cambia de coordenadas y se orienta con decisión hacia las novedosas alternativas del medio electroacústico. Así, obras como Oposición-Fusión (1968) o Resonancias para piano y cinta le proporcionan la libertad de crear sus propios materiales y de empezar a tomar parte, en forma consciente, de todos aquellas inquietudes surgidas entre las dos guerras mundiales por revelar y ampliar zonas no exploradas del sonido. Según sus propias palabras, dejaba a un lado el rechazo hacia el mundo inerte de máquinas y objetos que nos rodean, y esa fijación sobre el pasado como medio de protección.
Una de las constantes en el trabajo de Jacqueline Nova es la búsqueda de una solución formal. Experimentando en el campo de la desintegración de la palabra —a la manera de Luigi Nono— Cantos de la creación de la tierra proyecta la voz de un indígena tunebo, manipulada por medios electrónicos hacia un estado que simboliza el drama de aquello que está por desaparecer. El catálogo de obras de Jacqueline Nova comprende cerca de 50 composiciones elaboradas en un breve período de once años, que inicia en 1963 con Fantasía para piano y termina en 1974 con el trabajo electrónico para el documental Camilo de Francisco Norden. En este como en otros frentes artísticos, la compositora dio el primer ejemplo en el medio colombiano. En Doce móviles, aplica fórmulas aleatorias en una escritura serialista de parámetros de duración indefinida. El evento Luz, sonido y movimiento presentado en 1969 en el Museo de arte moderno de Bogotá, insinúa elementos de las instalaciones interactivas tan comunes hoy en el arte internacional.
Uno de los últimos recuerdos de Jacqueline Nova resulta patético y revelador. En el mes de agosto de 1975, el pianista Karol Bermúdez dirigió el estreno de Homenaje a Catulo, obra en la cual el sonido electroacústico se mezcla con percusiones y voces habladas. A pesar de su precario estado de salud, ella asistió a los ensayos y la noche del concierto manipuló grabadoras desde el fondo del escenario, haciendo frente a su compromiso definitivo con la creación musical. Una frase para recordar: «[...] el experimento ha costado la vida material y moral a muchos, pero al mismo tiempo, si algunos no arriesgaran esas vidas o eso que llamamos vida material, no tendríamos estoy segura, nada».