ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Hieronymus van Aeken nació en Hertogenbosch (Holanda) hacia 1450 y murió en 1516. Si hay un pintor enigmático por excelencia ese es El Bosco, ni su vida ni su obra nos resultan hoy totalmente accesibles. Sabemos que trabajó en su ciudad natal la mayor parte de su vida y que desde 1489, aproximadamente, se le conocía como El Bosco. Algunos investigadores le han presentado como un hombre muy religioso, un moralista empeñado en denunciar la corrupción de sus contemporáneos en sus obras. Sin embargo, sus peculiares imágenes hacen sospechar que estamos quizá ante un hombre escéptico, de vuelta de todo, que nos muestra su visión burlona y ácida del mundo. En todo caso su interpretación y valoración sigue alimentando polémicas y teorías.
El primer gran admirador de este genial pintor holandés fue Felipe II (1527-1598), lo que también resulta difícil de explicar. El austero y religioso monarca sentía especial inclinación por dos pintores bien distintos, Tiziano y El Bosco, ambos presentes en sus habitaciones privadas de El Escorial (precisamente El carro de heno que comentamos). En pocas ocasiones el rey hacía referencia en sus escritos a aspectos del mundo de la cultura, por lo que resulta excepcional que mencione al Bosco en una carta a las infantas. Con ocasión de una visita a Lisboa, el rey presenció una procesión y en ella ve «unos diablos que parecían a las pinturas de Jerónimo Bosco».
En los siglos xix y xx se recupera al pintor. Fueron los surrealistas quienes se sintieron más cercanos a su mundo, a esas «jaulas de grillos» en que se convierten sus tablas. El Bosco, no obstante, se inscribe en el contexto de la agitada época que vivió, el llamado «otoño de la Edad Media». Junto a seres fantásticos (ni humanos, ni animales, ni vegetales, seres huecos y cosificados) de difícil interpretación, aparece una iconografía religiosa bien conocida, medieval todavía, y elementos de la cultura popular. El uso de los proverbios, por ejemplo, le permitía hacer más asequibles a los espectadores los dogmas bíblicos y la doctrina religiosa, como hacían los propios predicadores ante los fieles.
El mundo es como un carro de heno y cada uno coge lo que puede (proverbio flamenco): Esta es la metáfora visual que elige El Bosco para dar forma a las palabras bíblicas del Salmo XIV: «Mira Yavé desde lo alto de los cielos a los hijos de los hombres para ver si hay entre ellos algún cuerdo que busque a Dios. / Todos van descarriados, todos a una se han corrompido, no hay quien haga el bien, no hay uno solo...».
El carro de heno, el devenir humano, pasa del Paraíso al Infierno. La tabla de la izquierda muestra tres escenas: la creación de Eva, el pecado original y la expulsión del Paraíso. En el centro está el carro de heno, al que quieren subirse personajes de todas las jerarquías sociales y eclesiásticas dados a todo tipo de vicios. En lo alto del carro, bajo el árbol del pecado, diversos elementos representan la lujuria (el jarro simboliza el sexo femenino; las parejas y la música, la voluptuosidad), la vanidad (la cola de pavo real del diablo) y la herejía (la lechuza). Dios observa la escena desde el cielo. El carro se dirige, guiado por demonios, al Infierno de la tabla derecha: «Ya temblarán con terror a su tiempo» decía el salmo. Los condenados están desnudos y cada uno porta la señal que identifica su pecado: como el lujurioso, con un sapo en los genitales.