Por José Jiménez LozanoEs toda una
paradoja que en un país como España, en el que de un maestro de la ironía como Miguel
de Cervantes se dice que es su Ingenio Nacional, la ironía no funciona. Funcionan el
sarcasmo o la gracia quevedesca, pero la ironía no. O pasa inadvertida, o se la toma por
burla.
Aquí, en las discusiones, críticas, oposiciones
políticas y cosas por el estilo, se echa enseguida mano de la navaja o del Colt
simbólico, y también el que cree y asegura que está empleando la ironía, lo único que
hace la mayor parte de las veces es disparar, o, como poco, tirar piedras con honda, y a
matar. Aunque a estas cosas luego los periódicos las llamen «dialéctica» y «debates
públicos».
«El curioso lector», como se decía en tiempos
pasados, puede repasar, por ejemplo, las actas del Congreso de los Diputados de hace cien
años, luego las del tiempo de la República, y por fin las de hoy, y seguro es que
quedará muy instruido a este respecto de las ironías, los sarcasmos, las pedradas y los
navajazos. Pero puede igualmente hojear, con mucho provecho, la crítica literaria, o
repasar las comedias, pongamos por caso. ¿Qué se hizo de aquella ironía cervantina? No
lo sabemos, pero es obvio que España y todos nosotros necesitamos un baño cervantino. |