ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Poco sabemos hoy de la vida del pintor llamado Juan de Flandes, nombre que podría indicar su procedencia, aunque el hecho de que sólo se conserven obras suyas en España ha hecho suponer a algunos investigadores que fuera español.
Trabajó al servicio de los Reyes Católicos, concretamente de la reina Isabel, desde 1496 hasta su muerte, acaecida en Palencia hacia 1519. Fue un excelente retratista de la familia real y realizó numerosos retablos. Sus obras tienen mucho en común con las de los pintores nórdicos y con la miniatura, por la calidad y el detenimiento en los detalles. Aunque muchos elementos de su pintura son todavía góticos, Juan de Flandes comienza a introducir aspectos procedentes de la Italia renacentista, como el estudio de la anatomía de los cuerpos o la perspectiva en los espacios arquitectónicos. Ambas cosas son apreciables en la obra que hoy comentamos que, junto con las otras tres que posee desde 1952 el Museo del Prado, proceden de Palencia, de la iglesia de San Lázaro, y probablemente formaban parte de un retablo.
En esta tabla Juan de Flandes relata un milagro de Jesús: la resurrección de Lázaro. Lázaro de Betania era el hermano de Marta y María, todos ellos amigos de Jesús. Cuando su hermano cayó enfermo, ellas mandaron decir a Jesús que Lázaro estaba enfermo e iba a morir. Jesús tardó en acudir y cuando llegó a Betania, cerca de Jerusalén, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Marta salió al encuentro de Jesús y le dijo «si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá y quien vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees tú esto?». «Sí», respondió Marta. María, su hermana, repitió la pregunta a Jesús y éste contestó de la misma forma. Viéndolas llorar Jesús se conmovió, él también quería a Lázaro. Pidió que lo llevaran al sepulcro y mandó Jesús levantar la piedra. Después levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre te doy las gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por la muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Diciendo esto, gritó con fuerza: «Lázaro, levántate». Y Lázaro se levantó envuelto en su sudario.