ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
A pesar de la ajetreada vida que llevó el Emperador entre la política y la religión, las guerras y los viajes, también mostró interés por rodearse de objetos interesantes, libros y obras pictóricas de gran relevancia. Aunque no puede decirse que estuviera especialmente preocupado por aglutinar una gran colección perfectamente organizada, a diferencia de las compiladas por su hermana María de Hungría, su hijo Felipe II o su biznieto Felipe IV, sí podemos afirmar que con él asistimos a un cambio respecto a sus antecesores. Al fin y al cabo fue un príncipe del Renacimiento, no de la Edad Media, y disfrutó durante su infancia transcurrida en Flandes junto a su tía Margarita de Austria, mujer extremadamente culta, de un ambiente humanista donde no faltaron artistas, intelectuales e importantes obras de arte.
Su viaje a Yuste en 1557 nos ha permitido conocer la faceta del Emperador que aquí nos interesa, ya que no tomó como última morada un antiguo palacio amueblado ni siquiera un cazadero de la familia, sino un monasterio jerónimo, un edificio aislado de la sierra cacereña, muy alejado de su Flandes natal, de Alemania o de Italia, y también de Toledo, de Valladolid o de Sevilla. Junto a su séquito, donde destacaba Juanelo Turriano, autor de autómatas y del gran proyecto de ingeniería realizado en Toledo para elevar agua desde el río Tajo al Alcázar, llevó una importante colección de objetos. Junto a libros de carácter literario, astronómico, histórico, religioso, filosófico o de ciencias naturales, no faltaron multitud de relojes, instrumentos científicos (compases, astrolabios, reglas, mapas, etc.), o incluso piedras y minerales con supuestas propiedades mágicas.
Sin duda fue la pintura la parte más importante de la colección, en ella se hallaban retratos de la familia, de su amada mujer fallecida en plena juventud, obras de artistas importantes y de estilos variados entre los que no faltaban pinturas venecianas o flamencas.
Desgraciadamente parte de aquellos tesoros se han perdido para siempre, aunque algunos de ellos pueden aún contemplarse en el propio Museo del Prado, caso de las dos Dolorosas o El Ecce-Homo, que ahora contemplamos, realizados por Tiziano, el pintor predilecto del Emperador.