Literatura
Por Sergio León Gómez
Arlt tiene una agudeza excepcional para reconocer la fauna porteña, ofreciéndonos una visión caleidoscópica de los tipos humanos que se inventan mil maneras de sobrevivir, de acuerdo con las tareas que realizan, incluso hay toda una cadena de criaturas que viven del negocio de la muerte.
En todo hombre que se deleita al amanecer, en leerse la lista fúnebre de los periódicos, hay la simiente de un enterrador, la enjundia de un empresario de pompas fúnebres, el alma de un embalsamador, los instintos de un cuervo.
De otro modo no se explica el extraño gusto de leerse la lista de los fulanos que han sido enterrados, o que van a sepultar. ¿Qué diablos puede interesarle a uno ese artículo fúnebre?
Me explico que estas columnas se las lea un escribano, que es predecesor de sepulturero, ya que en sus bolsillos encuentra sepultura nuestro dinero; me explico que se lean esas listas los abogados, que contribuyen a menguar nuestra vida con la longitud de sus pleitos; no me extraña que también las consulten los médicos, socios indirectos de los empresarios de entierros y los boticarios que miran si pueden o no ir a cobrar sus venenos a la casa del difunto; pero que en particular, un señor que nada tiene que ver con testamentos, pleitos, ataúdes, recetas y drogueros, se las engulla mañana por mañana, divirtiéndose con la hilera de cruces y de «descanse en paz» ¡eso si que me resulta absurdo e inexplicable!
Tomado de Roberto Arlt, «Necróforo», en Aguafuertes, 1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 225.