Literatura
Por Sergio León Gómez
«Balconeando», «orejeando» y «carpetiando», al decir de David Viñas, en su introducción a estas Aguafuertes, Arlt se desplaza de una calle a otra, de Corrientes a Florida, trazando los fuertes contrastes de una sociedad sacudida por los cambios. Buenos Aires se vuelve memoria, espacio mítico de la nostalgia, evocación de lo que no se tuvo, de lo que se pierde.
He hablado tanto de las calles canallas, con sus mansardas asomadas al sol y sus tiestos de geranios que riega casi siempre una muchachita vestida de percal, que hoy, día decorado de nubes, con un crepúsculo que antorchan letreros luminosos, maravilla de lo pálido verde, de lo pálido azul amarillo, siento necesidad de hablar de la calle Florida.
De la calle Florida y de sus petrimetres; de la calle donde siempre hay «un día convaleciente» de claridad, con sus vidrieras que retuercen de deseos el alma de las mujeres que se llevan los ojos de los hombres que pasan en busca del amor inesperado.
Multitud de gente bien vestida. Los desdichados evitan esta calle; los miserables que albergan un proyecto la eluden; los soñadores que llevan un mundo adentro la esquivan; todos aquellos que necesitan de la calle para desparramar su angustia o para recogerla en un ovillo nervioso, no entran en esta, que es el escaparate vivo del lujo, de las mujeres que cuestan mucho dinero y de la vida que pasa vertiginosamente.
Tomado de Roberto Arlt, «La calle Florida», en Aguafuertes, 1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, págs. 221-222.