Por José Jiménez LozanoDe en torno
al año mil nos quedan en España algunas, bastantes imágenes, de una belleza asombrosa:
los llamados Beatos, de este o el otro lugar, según se trate de donde fueron
compuestos o se conservaron en su librería, porque son copias de un texto escrito por
Beato de Liébana e iluminadas después espléndidamente con esas imágenes que digo.
Este texto era un comentario del Apocalipsis,
y se hizo para traer a la memoria este libro consolador en un tiempo de desgracia. El
dominio islámico en estas tierras era extenso y como una mano de hierro, y entonces Beato
de Liébana, partiendo del Apocalipsis, hizo una teología de la historia con un
final feliz, del que sería un anuncio el triunfo de las armas cristianas contra las
islámicas; y las imágenes que iluminaron el texto, claro está, explican los pasajes
más plásticos o poético-dramáticos de aquel libro del Apocalipsis. Pero, sean
como sean las cosas, lo que hay que decir es que no se trataba precisamente de teología
tenebrosa, o de práctica escatología.
Naturalmente, la creencia de que en el comienzo
de los Años Mil terminaría el mundo no fue una creencia generalizada, y desde luego
entre los cristianos de España no se dio significativamente, sino que su actitud de los
adentros en su lectura del Apocalipsis, estuvo expresada por esas pinturas planas,
de una simplicidad formidable, como ardientes fauves y pinturas pre-picassianas,
que hoy mismo nos contagian de encanto y hermosura. No debieron pasarlo tan mal aquellas
gentes, viendo estos hermosos reportajes con estos ángeles de almendrados ojos egipcios o
etíopes, que guardan en sí toda la misericordia y la alegría del mundo.
Y, en otro plano de cosas, Sánchez Albornoz, sin
ir más allá, nos ha documentado la vida diaria de rutina «burguesa» y palaciega en
León, por esos años. Y, desde luego, había quienes estaban mal, pero también están
ahí ahora mismo. De milenio a milenio, no parece que en ciertos aspectos cambien
demasiado las cosas. Veremos al milenio que viene. |