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Lunes, 6 de noviembre de 2000

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Literatura / Calderonianas

Estreno de La dama duende

Por Lola Montero Reguera

No hemos de pasar de los primeros versos de La dama duende para averiguar el momento histórico exacto en que su trama se desarrolla. Dos de sus protagonistas, don Manuel y su criado Cosme, inician la obra comentando que no han llegado «por un hora» a las fiestas en conmemoración del bautizo del príncipe Baltasar Carlos, celebradas en Madrid el 4 de noviembre de 1629. Pero no es sólo la trama de la comedia la que tiene lugar en tal fecha, sino que su primera representación también debió de formar parte de las celebraciones en honor del recién nacido príncipe. Es muy probable que Calderón escribiese la comedia antes de que el príncipe fuera bautizado, sabiendo de antemano que esas fiestas se iban a efectuar, y que en ellas se representaría su obra. De esta manera, conseguiría que el público asistente a la representación contemplase —tal vez con admiración, tal vez con risa— cómo la realidad que vive en esos momentos ha sido trasladada al mundo del teatro, al mundo de la ficción. Hablan así don Manuel y Cosme:

Don Manuel
Por un hora no llegamos
a tiempo de ver las fiestas,
con que Madrid generosa
hoy el bautismo celebra
del primero Baltasar.
Cosme
Como esas cosas se aciertan
o se yerran por un hora;
por un hora, que fuera
antes Píramo a la fuente,
no hallara a su Tisbe muerta,
y las moras no mancharan;
porque dicen los poetas
que con arrope de moras
se escribió aquella tragedia.
Por un hora, que tardara
Tarquino, hallara a Lucrecia
recogida; con lo cual
los autores no anduvieran,
sin ser vicarios, llevando
a salas de competencias
la causa, sobre saber
si hizo fuerza o no hizo fuerza.
Por un hora, que pensara,
si era bien hecho o no era,
echarse Hero de la torre,
no se echara, es cosa cierta;
con que se hubiera excusado
el doctor Mira de Amescua
de haber dado a los teatros
tan bien escrita Comedia
y haberla representado
Amarilis tan de veras,
que volatín del carnal
—si otros son de la cuaresma—,
sacó más de alguna vez
las manos en la cabeza
y puesto que hemos perdido
por un hora tan gran fiesta,
no por un hora perdamos
la posada; que si llega
tarde Abindarráez, es ley
que haya de quedarse fuera;
y estoy rabiando por ver
este amigo que te espera,
como si fueras galán
al uso, con cama y mesa,
sin saber cómo o por dónde
tan grande dicha nos venga;
pues, sin ser los dos torneos,
hoy a los dos nos sustenta.

(Tomado de: Pedro Calderón de la Barca, La dama duende. Ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid: Cátedra, 1990, págs. 49-51.)

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