Literatura
Por José Jiménez Lozano
Según se dice, la palabra «liberal», en el ámbito político, fue un invento español para designar al partidario de las libertades políticas traídas por la Revolución Francesa. Nació a los pocos años de ésta, y los primeros ardorosos liberales llevaban en la cabeza una escarapela con la leyenda: «Libertad o muerte», y se subían a las mesas de los cafés a perorar, y para que se les viese bien; mientras otros liberales creían firmemente que no se podía serlo sin medir con una estaca a los absolutos o partidarios del Antiguo Régimen. Pero luego el asunto se templó mucho y, pese a que había un partido liberal, que era más bien como el conservador con distinto nombre, la palabra se fue constriñendo a su antiguo significado de «abierto» y «generoso». Algo así como cuando las bulas papales publicadas en España decían: «Liberal La Santidad de Nuestro Señor Clemente XIII etc.»; pero algo más: algo como erasmista, que designaba a quien tenía un «yo», compasión por quienes no podían tenerlo, y desprecio por los que no querían; y era paradigma de tolerancia. Aunque luego volvió de nuevo a oscurecerse todo con más envueltas políticas, económicas y comerciales. Tal es la aventura histórica de las palabras.
Sin ir más lejos, la palabra «luego» significó en el principio, «inmediatamente», y santa Teresa dijo aquello de «Véante mis ojos y muérame yo luego». Quería decir «a seguido», pero el que lo lee ahora, si no está avisado, entiende: «más tarde» e incluso «lo más tarde posible»; y ya decimos «¡Hasta luego!» incluso a quien es probable que no volvamos a ver en mucho tiempo o nunca. Nadie puede hacer nada por remediarlo.
Así que en cuanto a lo de «liberal», tenemos que estar al contexto incluso gestual; porque todos sabemos la hermosura que esa palabra designa, pero si un caballero nos dice: «Yo soy muy liberal, pero...», o es que quiere vendernos algo, pues la cosa varía. Entonces tenemos que hacer filología y hermenéutica por nuestra cuenta. Es inútil acudir al diccionario.