Literatura
Por José Jiménez Lozano
Lo de la «political correctness», que no es más que una nueva ortodoxia, resulta poco más que algo divertido en tierras como ésta, que sabe perfectamente lo que son ortodoxias duras y, por lo tanto, pequeño gesto, en el hacer o no hacer esto o lo otro. Y, sin ir más allá, al Maestro Fray Luis bien caro le costó el negarse a tomar vino porque estaba ronco, y eso era mejor porque así no le oían los señores inquisidores; al igual que a otros caro les costó estarse mano sobre mano un sábado, o comerse un bocadillo en la calle y no haber hecho lumbre ese día. Hasta llamar a las gallinas diciendo: «¡Pitas, pitas!» podía tener sus consecuencias muy desagradables si las cosas se liaban.
Ahora, sin embargo, la leña está afortunadamente seca, y ser hereje es bastante más cómodo. Digamos que un poco a la manera de lo que sucedía en la antigua ortodoxia o «correctness», cuando a alguien se echaba en una sentencia un sambenitillo pequeño. En algunos documentos leemos que a aquellos que tenían que llevarlo, cuando salían a la calle, a veces se les olvidaba, pongamos por caso que como el bastón o el sombrero; y, cuando se acordaban decían: «¡Anda, pero si no me he puesto la lobilla!», que era como se conocía al sambenitillo por otro nombre. Y la gente era comprensiva, así que me imagino que ahora sucederá lo mismo cuando, sin darnos cuenta, destrocemos la «political correctness» con cualquier verdad de puño. «¡Ni me daba cuenta que no era correcto! ¡Mil perdones!».
Y disculparse estaba muy mal visto entonces. Los inquisidores decían que quería hacerse uno «diminuto», o disminuir el delito; pero otras veces hacían la vista gorda. Hay que esperar que ahora también se den todos estos imponderables.