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Viernes, 24 de mayo de 2013

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Cine y televisión

La Barcelona negra de Arturo Fernández

Por Joan Ripollès Iranzo

Entre finales de los años cincuenta y el ecuador de la década siguiente, Arturo Fernández vivió un notorio romance con Barcelona, pero no con el bullicio comercial y las grandes atracciones turísticas de la capital catalana, sino con sus bajos fondos, poblados por atracadores, busconas, y demás seres derrotados que solo veían en el crimen su vía de escape.

Entre 1958 y 1964, este asturiano de impecable presencia aparece en casi una docena de películas de corte policíaco, que le convierten en el rostro más destacado del cine negro de matriz barcelonesa. Una línea de producción iniciada por Ignacio F. Iquino en 1950, que emulaba los referentes franco-italianos y americanos sin terminar de sacudirse el maniqueísmo censor, pero aireando un género que en España arrastraba el pesado lastre de la moralina farisaica y chovinista. Películas que mostraban la podredumbre acumulada bajo una sociedad en creciente desarrollo, historias de codicia a ritmo de jazz, con iluminaciones duras, donde los ideólogos del crimen alternaban con rudos vividores y mujeres fatales. El lumpen irrumpía en los sofisticados ambientes burgueses, conformando una atmósfera hasta entonces casi desconocida para el frecuentador del cine patrio.

En ese ambiente, Fernández solía encarnar al hombre de extracción humilde, hecho a sí mismo, que se abría paso desde abajo, empleando la fuerza bruta y su indiscutible atractivo para las mujeres. Duro y dominante, cerebral o impetuoso, su retorcido camino desembocaba casi siempre en el abismo de la perdición. En ese viaje le acompañaban, a menudo, tanto actores veteranos como Jorge Rigaud, como jóvenes talentos como Carlos Larrañaga.

Portador de unos apellidos más que comunes, Arturo Fernández Rodríguez había nacido en Gijón, en febrero de 1929, pero su progenitor registró su entrada al mundo al año siguiente, por lo que sus biógrafos tienen la sana costumbre de rejuvenecerle, algo que no debe desagradar demasiado a uno de los galanes más logrados de la escena española, extremadamente cuidadoso en materia de trajes, calzado e imagen personal.

Tuvo una infancia quebrada por la guerra. Su padre, mecánico cenetista, se exilia en Francia, y el chico queda al cuidado de su madre, que se gana la vida lavando botellas. Empieza a trabajar a los doce años en una empresa de electrotecnia y va desenvolviéndose en distintos oficios, mientras prueba suerte como boxeador y se abre hueco en el mundo del teatro de aficionados. Viaja a Madrid a comienzos de los años cincuenta, actuando como figurante en algunas películas y haciéndose notar en los escenarios. Jesús Puente le anima a sustituirle en la compañía de Conchita Montes y recala, luego, en la de Rafael Rivelles. Con los años acabará formando compañía propia, perfilando, poco a poco, su personaje ideal, ese galán seductor y cínico, propio de la comedia de enredo y vodevilesca, que irá cobrando tintes autoparódicos, sin perder el humor ni la elegancia.

Antes de que eso ocurra, en la medianía del siglo, aquel joven asturiano con hambre de éxito busca su oportunidad en el cine, y le llega gracias a El beso de Judas (Rafael Gil, 1954), un drama bíblico protagonizado precisamente por el maestro Rivelles. Aunque será Pedro Lazaga quien le dé una cierta continuidad en La patrulla (1954) y Cuerda de presos (1956). A partir de entonces, las ofertas le llegarán principalmente de Barcelona, y tendrá en el guionista y realizador gerundense Julio Coll a su gran valedor. Aparece ya en su primera película —un drama— y se convierte en el rostro más visible de sus tres pequeñas joyas del cine negro barcelonés: Un vaso de whisky (1958) —con la siempre sensual Rossana Podestà—, Distrito quinto (1958) —en que rivaliza con el protagonismo de Alberto Closas— y Los cuervos (1962), una historia de avaricia, engaños y traiciones sacudida por sorprendentes giros argumentales.

Coll convierte Barcelona en una plausible nueva capital del crimen europeo. Desde las calles del barrio chino hasta las fábricas del cinturón industrial, todo era susceptible de caer en manos del emporio criminal, y otros realizadores se afiliarán al género, tomando a su actor fetiche como reclamo para el público.

Joan Bosch le otorga los papeles protagonistas de A sangre fría (1959) —también conocida como Trampa al amanecer— y Regresa un desconocido (1961), relato paranoide que sumerge al espectador en los vaivenes de un extraño ajuste de cuentas. Lazaga rueda también en Barcelona La frontera del miedo (1958), una historia de atracadores en fuga. Y, aunque el artista encarna casi siempre hampones y buscavidas, ese mismo año se mete en la piel de un ambiguo inspector de policía en Cita imposible, dirigida por Antonio Santillán. A esas alturas, trasciende ya paisajes y fronteras, igual le vemos sumergirse en la trama marsellesa de Fuga desesperada (José Antonio de la Loma y Robert Vernay,1961), que queda atrapado en los peligrosos enredos de No temas a la ley (Víctor Merenda, 1963), coproducción franco-española rodada en la ciudad condal. El homicidio y el dinero marcan también la trama de La gran coartada (José Luis Madrid, 1963) y, ya en 1964, cierra este ciclo de intrigas criminales con El salario del crimen (Julio Buchs, 1964), la caída en desgracia de otro policía que se deja corromper por una atractiva empresaria de modas.

Cuando, una década más tarde, vuelva a involucrarse en una nueva trama delictiva, en La muerte ronda a Mónica (Ramón Fernández, 1976), el actor gijonés constatará lo mucho que han cambiado las cosas para un cine en el que ahora prima el escarceo erótico y la puñalada venérea. Ya en 1983, José Luis Garci le llamará para dar vida a un hombre de negocios en El crack II, exponente del cine negro más castizo y madrileño. Ese mismo año, abordará un graciosísimo mano a mano con Francisco Rabal en Truhanes, comedia de Miguel Hermoso en la que encarna a un ladrón de guante blanco, coqueto y sibarita, que se ve obligado a apadrinar al mangante barriobajero que le cubrió las espaldas en la cárcel.

Con este papel, que retomará en una serie del mismo nombre, emitida diez años después, Arturo Fernández se despide de la vida criminal en la gran pantalla. De vez en cuando, vuelve a Barcelona para estrenar una de sus comedias y, al pasear por sus calles, seguramente vuelven a su memoria los momentos vividos en la ficción: aquellos atracos, fugas, celadas y tiroteos que hubo de enfrentar, en puro y duro blanco y negro, en los tiempos en que se estaba forjando una reputación como actor que ya nadie podrá arrebatarle nunca.

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