PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Pocas veces un ciclo histórico-literario es tan fácilmente visitable en sus lugares protagonistas como lo es el del cerco de Zamora en el urbanismo actual de la ciudad del Duero. No se conserva Zamora como Ávila, murada toda, pero aún mantiene en pie gran parte de su perímetro primero de defensas, y también grandes lienzos del segundo y tercero, haciendo gala de su sobrenombre: «Zamora, la bien cercada».
Les propongo visitar la ciudad y entrar a la misma, a pie, por el arco de doña Urraca, la que fuera hermana de Alfonso VI y Sancho II, llamada «reina de Zamora» a finales del siglo xi. No veremos ya ni los cimientos del palacio, cabe los cuales todavía en el siglo xix se podían leer los versos que Urraca le espetó al Cid, y alguien epigrafió en el siglo xvi: «Afuera, afuera, Rodrigo / el soberbio castellano», que lograron compungir al héroe, y hasta le llevaron a ordenar: «Afuera, afuera los míos / los de a pie y los de a caballo». Si seguimos el lienzo en dirección al castillo pasamos al pie de los restos del arranque de un arco. Es la antigua puerta del Mercadillo, desde cuyas almenas dicen que Arias Gonzalo, ayo de Urraca, respondió al reto de Diego Ordóñez de Lara y por ahí salieron al campo de la Verdad. Un poco más al oeste alcanzamos un punto particularmente significativo: el postigo o portillo de la Traición, ahora municipalmente rebautizado como portillo de la Lealtad. En fin, vindicaciones locales. De ahí, siempre según las difusas versiones que tuvieron su origen en la tradición oral, salió Bellido Dolfos a dar muerte al rey castellano. Cuando el Campeador intentó apresar al sicario libertador, se cuenta que entró por el mismo portillo, que se cerró a su paso, a pesar de la poca distancia de ventaja que llevaba el primer jinete. Ya se sabe que la emoción siempre vende más. El garciacalvista Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana (1970) afirmaba, en pareado feliz (contribuyamos), que «Zamora le dio al Cid con la puerta en la nariz».
El espacio que protege esta zona occidental del recinto murado es el más antiguo de Zamora. El castillo, recientemente excavado, la catedral, la iglesia románica del Carmen de San Isidoro, el Museo de Baltasar Lobo, ofrecen evidentes atractivos, pero nuestra parada (ninguno de ellos fueron cantados en el Romancero) será en lo que según la tradición fue casa del Cid, un romántico rincón de la ciudad vieja, al pie de las puertas Óptima y del Obispo, aderezado por escenográficas construcciones de los siglos xix y xx para otorgar más medievalidad a un entorno que no necesitaba de tales «ayudas». Aires medievales y resabios románticos se hermanan nuevamente para ofrecer un decorado solvente, de los que gustan, de aquellos en los que se prefiere no indagar mucho.
Finalmente, también el dictado popular marca el lugar donde expiró el maltrecho monarca, una vez fue herido, unos centenares de metros allende las murallas. Una ruda cruz, de cronología difusa, marca el punto: la cruz del rey don Sancho. Pero antes de salir a verla, desde los merlones de la muralla al lado del castillo, asomémonos para ver otros dos lugares vinculados al cerco y hoy, ¡ay!, amenazados por la carretera de circunvalación que va a modificar de manera brutal e irreversible el entorno amable del poniente urbano extramuros: la iglesita románica de Santiago el Viejo, o Santiago de los Caballeros, lugar donde según la tradición fue armado caballero el Cid, y donde también, según cierta tradición, el burgalés exigió juramento a Alfonso VI para que reconociera no haber tomado parte en la muerte de su hermano (otro relato, sin fundamento tampoco, traslada el punto a otra iglesia: la burgalesa de Santa Gadea). Justo detrás, el campo de la Verdad, donde tuvo lugar el reto entre los hijos de Arias Gonzalo y los caballeros castellanos, materia también romanceril.
Y más allá, la citada carretera de circunvalación, en vías de ejecución. Un auténtico mazazo a toda aspiración a paisaje románico, romántico, o paisaje sin más. Se acabó la visita. De forma abrupta, como la orografía de la ciudad, asentada sobre arenisca piedra. En el siglo xix se derribaban las murallas en nombre del progreso. En el xxi, como ofrenda al mismo dios, se abren carreteras, destrozando contextos, para que por ellas lleguemos los turistas a consumir entornos que se destrozan para que podamos ir, verlos y volver, cada vez más rápido.