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Jueves, 16 de mayo de 2013

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CULTURA Y TRADICIONES

Torrijas es esto y esto y esto (1)

Por Irene Cuervo

«Sucesión de palabras inconexas en Recoletos», advertía Olalla Cernuda en el diario El Mundo el jueves 9 de diciembre de 2004, a propósito de la iluminación navideña recién instalada en Madrid.

Si ustedes vivían o pasaron por allí en aquella época, sin duda lo recordarán: al lado de la Biblioteca Nacional colgaron un montón de palabras, dispuestas en grupos de cuatro y legibles en ambos sentidos, según el diseño de la artista Eva Lootz, que daban lugar a lo que la redactora de la noticia (acaso citando a Lootz, acaso recordando su apellido) llamaba «un poema léxico». Al parecer, lo polémico del asunto era que no siempre dichas palabras tenían algo que ver —aunque quién sabe— con aquellas fiestas: «“Lujuria, lanza, guardián, respaldo”, “jamás, obstruir, desagüe, oscuro” o “válvula, mármol, violeta, perenne” son algunos de los ejemplos más criticados por el público», advertía Cernuda.

Entre aquellas palabras no había turrón ni mazapán ni peladillas; pero, escoltada por urbe, merienda y mechero, aparecía el postre estrella de las fiestas del ayuno: la torrija.

Hoy la definición del DRAE es inequívoca: torrija viene de torrar y es una «rebanada de pan empapada en vino o leche y rebozada con huevo, frita y endulzada». Que la Academia anteponga el vino cuando hoy está más generalizado hacerlas con leche —María Moliner coloca a las de leche en primer lugar— es tal vez una muestra de respeto hacia la (su) tradición, pues las primeras torrijas de la casa, las de Autoridades, se empapaban «en vino u otro liquor» y eran rebanadas fritas (de pan o de fruta, recordará Corominas), aunque no necesariamente dulces; se podían hacer también con otros ingredientes indefinidos, el principal de los cuales era el que le daba el nombre.

«En cantares nuevos / gozen sus orejas, / miel y muchos huevos / para hazer torrejas», dicen unos hexasílabos de Encina escritos poco antes de 1500. Los dos versos siguientes del villancico —«aunque sin dolor / parió al redentor»— nos recuerdan que el postre estaba especialmente indicado para la recuperación de las mujeres que acababan de dar a luz. Ya en el segundo tercio del xvi, Toribio de Benavente se asombra en su Historia de los indios de la Nueva España de que las indias «ni para el parto tienen aparejadas torrijas, ni miel, ni otros regalos de parida»; y poco después, Arce de Otálora alude a la misma tradición en sus Coloquios de Palatino y Pinciano:

Palatino: […] Si todas las torrejas que dan a las paridas son tales, razonablemente se pagan de los dolores del parto. Por sólo comerlas se habían de poner al peligro.

Pinciano: Según eso, dichosas son las monjas, que las comen sin pasar esa afrenta.

Palatino: Así me parece a mí; no sé si lo confesarán ellas.

Palatino tiene hambre y, pese a las prevenciones de Pinciano, más sobrio, que le recuerda que no conviene hartarse si no quiere perder el gusto, y que al fin y al cabo esto no deja de ser harina («No comáis más, que, en fin, son de pan, et omnis saturatio est mala, pessima autem panis»), a él le da lo mismo: «Si esto es pan, es pan bendito y no puede hacer mal». Y sigue a lo suyo, a tumba abierta.

Como se ve, torreja convive con torrija en el xvi, pero enseguida la primera se convierte en la voz mayoritaria en América y la segunda en la Península; varios siglos después, Lezama Lima jugará en Paradiso con la distinta designación del dulce:

Cuando llegaron unas torrejas como postre, Rialta recordó que Luis Ruda, el tío del Coronel, para remedar el estilo del vasco Cemí, decía torrijas, entonces el nieto, el habanero Cemí, cerró el almuerzo diciendo: —Cuando el general Torrijos se levantó en Tarragona, saboreaba unas torrijas —lo dijo con gracioso acento hispano.

Porque, aunque las haya de varias clases, las torrejas o las torrijas que más nos gustan son siempre las que nos tomamos de postre.

Las recetas quedan para el próximo rinconete.

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