PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
El verano de 2011 la prensa ofrecía una curiosa noticia procedente del más visitado monumento español, la Alhambra granadina:
[…] fue arrestado un suboficial del Ejército del Aire de Jordania, que fue condenado el mes de diciembre por grabar su nombre con una moneda en el Palacio de Carlos V, a 120 euros de multa y a otros 200 en concepto de indemnización al Patronato de la Alhambra y el Generalife.
Tórrido estío, que desató las ansias grafiteras sobre lugares significados, pues también fue detenido un «joven de 25 años, de iniciales V. M. G. R., que fue sorprendido mientras hacía un “graffiti” en la casa natal de la heroína liberal Mariana Pineda, en la calle Águilas de la capital granadina», con distintos aerosoles esta vez. El invierno siguió la estela del verano, pues (enero de 2012) una turista suiza, con las uñas, inscribió un corazón con dos iniciales en una de las yeserías de la fachada del salón de Comares. Qué manía. Y qué cursilada, por añadidura.
Lo cierto es que no es fenómeno nuevo. Es más, de entre las más habituales inscripciones históricas conservadas destacan precisamente las que dejan testimonio de la visita del grafitero, con el nombre propio campeando. Esos antropónimos, no excesivamente habituales en la Edad Media, comienzan a proliferar en la Moderna y se hacen recurrentes en la Contemporánea. Ciertamente ayudan mucho si junto al nombre se encuentra el segundo elemento que los define: la data. El muro, revocado o no, sobre material duro, semiduro o blando —igual da—, sirvió para dejar estas particulares marcas, el equivalente al I was here, lema que parece presidir el frontispicio de las innúmeras y sinsentido legiones de turistas.
No es nueva, por tanto, la manía de «pasar a la historia» dejando nombre, apellido y fecha de estancia. Ilustres viajeros —hoy lo sabemos— lo hicieron. Así en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en distintas partes de la basílica, colegio y convento (incluso sobre los frescos de Lucas Jordán del muro del crucero de la iglesia), o en el convento de San Clemente el Real de Toledo, donde en 1857 el propio Gustavo Adolfo Bécquer deja su nombre.
Con más enjundia se afanaron en la catedral de Tarragona dos alemanes, que inscriben el siguiente texto en correctos caracteres, sin que falte alguna ene invertida ni curiosos bucles para rematar los ojales de los guarismos, sobre dos sillares en la parte norte de la portada occidental principal, a la vista de todo el mundo:
FRANZ MARTIN /
HEITMAN VON /
NEUMARKT /
ANNO ► 1769
Queda por saber quiénes fueron los artífices de la incisa inscripción o, mejor dicho, a qué se dedicaron, puesto que su identidad, de hecho, es lo único que sabemos, y el año en que pasaron por allí, 1769, data importante, por cierto, para la historia del arte de la ciudad catalana porque coincide con la publicación en Madrid del volumen XXIV de la España sagrada del sabio agustino Enrique Flórez: Antigüedades tarraconenses, preliminar a las memorias eclesiásticas de la Santa Iglesia de Tarragona. Quién les iba a decir a unos y a otro que tal marca de presencia, contemporánea a la edición del volumen, con los siglos pasaría a formar parte de tales «memorias» catedralicias.
En una ciudad portuaria como Tarragona es fácil el desembarco de gentes procedentes de los sitios más remotos, e históricamente las tripulaciones que arriban a tierra son público dado a dejar esas marcas de presencia, como lo hicieron herren Martin y von Neumarkt. Poco sentido tiene plantear aquí si tal acto es vandálico o no. Como dato histórico cualquier manifestación humana que haya dejado huella puede ser susceptible de gran interés y, por tanto, se debe conservar o, al menos, registrar, si pasa a condición de «histórica». Casi doscientos cincuenta años tiene este grafito, a la vista de cualquiera aunque ignorado. Parece que ha pasado el corte, y queda para curiosos y eruditos locales saber más, inquirir las identidades de los que, queriendo perpetuarse, lo consiguieron, aunque no les hayamos hecho mucho caso. Si procede, claro.