Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Ciencia y técnica
Miércoles, 30 de mayo de 2012

Rinconete

Buscar en Rinconete

Ciencia Y TÉcnica

Los locos cuadradores calendarios (2). En Valencia ya se sabe

Por Andrés Carrobles

La religión y el tiempo: ese tema.

Estábamos en octubre de 1912, tan tranquilos, hablando de reformas. Es cierto que Amengual, el redactor de La Vanguardia, se había olvidado de decir que el calendario de trece meses de veintiocho días no era entonces ninguna novedad: su primera formulación, en torno a 1840, se atribuye a Auguste Comte; y su apellido, por tanto, es positivista. Pero no solo eso: cuando en 1948 —y aquí Amengual ya no tiene culpa de nada— se funde el Collège de ‘Pataphysique, lo hará acompañado de un calendario de trece meses, con santoral propio y días imaginarios, que aún hoy se utiliza y se estudia con conocimiento y júbilo. De modo que el año de trece meses, positivista y ‘patafísico, tiene a la ciencia y a la Ciencia de su lado, por no hablar de las lunas, es decir, de la naturaleza humana.

Pero avancemos un poco. Después de varios congresos y propuestas, llegamos al 4 de enero de 1924. Ese día, el ABC publica una página entera —tres columnas de letra apretadita— dedicada a la siempre inminente reforma del calendario. Allí nos cuentan que, tras muchas deliberaciones, el año comenzará en solsticio, un 22 de diciembre; que se acomodarán los nombres de los meses para que no sean tan arbitrarios; y que ha ganado la propuesta de cuatro trimestres de 30-30-31 días, a los que habrá que sumar un día suelto, no sujeto a meses ni a semanas, que podría llamarse Día de Año Nuevo. Más otro día en los años bisiestos, se entiende.

(Hay que aclarar que la noción de días sueltos —o complementarios, o blancos— tampoco era nueva en occidente: el calendario republicano francés [1792-1806] ya estaba compuesto de doce meses de treinta días…, más otros cinco —o seis— días de fiesta que se colocaban al final del año. Algo muy parecido se aplicaría, tiempo después, al calendario revolucionario soviético [1929-1940]. Pero todo esto entre paréntesis).

Parece que la Sociedad de Naciones está de acuerdo con la idea; que la Santa Sede, el patriarca ecuménico y la Iglesia anglicana también; y que ahora van a enviar la propuesta a los diferentes gobiernos para que se pronuncien lo antes posible, porque sin su consentimiento —transparencia ante todo— no hay tutía. El largo artículo del ABC termina con estas palabras, para que nadie se asuste, o todos: «Lector: Nada de lo que antecede es nuevo, y tampoco es secreto». Esto el 4 de enero de 1924.

Y claro: no hay tutía. En febrero de 1925, la noticia salta otra vez en ABC: el delegado de la religión judaica se muestra resueltamente en contra de la reforma del calendario, «por estimar que toda modificación del mismo perjudicaría el shabbat, sin el cual no podría existir el judaísmo». Y en efecto: si el calendario tiene un día no sujeto a la semana, entonces el tramo que va de shabbat a shabbat no siempre será idéntico. Y ahí tenemos un problema.

Pasan los años, se suceden los congresos y las discusiones. La reforma es inminente en los años veinte, en los treinta, en los cincuenta; pero nunca pasa nada. La Iglesia católica da marcha atrás: en el Concilio Vaticano II, tampoco parece muy contenta de que se trastoquen la semana y el domingo con días en blanco. Que se niega, vaya. Y en esto llega un español, Isidoro García Serrano, y presenta su proyecto. 

En esto llega Isidoro García Serrano, con la colaboración de Juan Carrión y Honorio José García, y desde Valencia publica, entre 1958 y 1962, tres trabajos (que pueden consultarse en la BNE) donde presenta su proyecto. Un proyecto que consiste, básicamente, en quedar bien con las distintas religiones sin descuidar por ello la simetría: los años normales, o «cortos», tendrán trescientos sesenta y cuatro días —pongamos, por ejemplo, esa nueva y mágica distribución que ya vimos: trimestres de 30-30-31—, en cincuenta y dos semanas exactas; y cada cinco o seis años «cortos» habrá uno «largo» de trescientos setenta y un días, es decir, de cincuenta y tres semanas exactas.

El 25 de mayo de 1966, varios periódicos españoles anuncian que el obispo auxiliar de Valencia, doctor González Moralejo, ha enviado al ministro subsecretario de la Presidencia, don Luis Carrero Blanco, el proyecto de García Serrano para que estudie si procede que España lo presente en las Naciones Unidas. En agosto de ese año, Miguel Masriera publica en La Vanguardia un artículo donde envía ánimos y augura incomprensión al investigador y a sus colaboradores. Después de eso, silencio absoluto.

Hoy, en 2012, el Hanke-Henry Permanent Calendar se presenta al público, con muchos colorines y letra demasiado grande, como un calendario que corrige los inconvenientes del gregoriano y que además respeta el cuarto mandamiento de la Biblia mediante la introducción de una semana extra cada cinco o seis años. Ellos dicen que el inventor fue Bob McClenon, en 1996. Pero tú y yo sabemos, lector, que esto, desde hace treinta y tantos años, en Valencia ya se sabe.

Ver todos los artículos de «Los locos cuadradores calendarios»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es