PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Con el hecho biológico de la muerte (parece un oxímoron), nacieron las necrópolis, los cementerios, los camposantos. Este tipo de yacimientos, fácilmente identificables cronológicamente por el modo de disponer los restos humanos (inhumados, incinerados, en urnas, cistas, mortajas, ataúdes, en una u otra posición u orientación…), también pueden acompañarse de objetos, útiles en su día cuando se entierran (fíbulas, monedas, platos de sal, tijeras, ajuar de diverso tipo, cruces, amuletos etc.), que no se desecharon porque fueran basura, sino que se utilizaron con fin ritual precisamente porque servían. Este ajuar, mayor o menor, servía para acompañar el viaje eterno del difunto.
En la época en que eclosionó el románico, las necrópolis se situaron en el inmediato entorno de los templos parroquiales, reuniendo tumbas con una variada tipología. En el caso de personas poderosas, se introducía el cuerpo en un sarcófago pétreo, monolítico por lo general, y si era reaprovechado de la prestigiosa Antigüedad romana, mejor que mejor. El común de los mortales, cuando dejaba de serlo para pasar a esa condición inmortal o eterna que el cristianismo aseguraba, utilizaba bien sepulcros antropomorfos excavados directamente en la roca, bien tumbas realizadas con lajas, piedras bastamente labradas que marcaban el perímetro del cuerpo depositado, o bien directamente sobre la tierra, en un agujero ad hoc con tendencia a reproducir el volumen del cuerpo que había de acoger. Luego, se tapaban todos estos cubículos con losas de piedra mejor o peor acopladas y se enterraba la sepultura, y no solo al muerto. Si había posibles, una estela de piedra, residuo de prácticas paganas, podía recordar el punto donde descansaba el finado. La estela se colocaba hincando su vástago en el suelo, a la altura de la cabeza, dejando vista una forma discoidea, decorada o no. Luego, estas fosas se podían reutilizar para posteriores enterramientos. Se apartaban los huesos del inquilino anterior, y se introducía al nuevo. Se tapaba otra vez con las losas que se habían retirado para introducirlo, se le volvía a dar tierra y, al decir popular, los vivos se iban al bollo, que el muerto ya estaba en su oquedad.
En los años ochenta y noventa se comenzaron a excavar sistemáticamente necrópolis medievales sobre roca en muchas zonas de España. Una vez documentadas, la espectacularidad de algunos de estos campos de tumbas animó a dejarlas vistas, al aire, para disfrute e instrucción de la gente. Valga el ejemplo burgalés de Cuyacabras (Quintanar de la Sierra), para entendernos, con cerca de un centenar de huecos. Otras necrópolis más humildes comenzaron también a aflorar, fruto de intervenciones arqueológicas previas, y a dejarse así, expuestas, a petición de las autoridades de turno, municipales las más de las veces. Muchas de ellas continúan a cielo abierto, exhibiendo impúdicas (pobrecitas) sus nichos horizontales, como palomares volteados, sirviendo de piscina en invierno, cuando las lluvias colmatan las cavidades no preparadas para desaguar, o haciendo las veces de papelera urbana, recibiendo, silenciosas, los desperdicios que naturales o turistas encestan en su cóncava sección. Tampoco están previstas para estos restos de naturaleza bien distinta a la que en su día contuvieron.
Pero no parece que haya sido buena idea. De hecho, y como dice el tópico, lo difícil no es llegar, sino mantenerse. El problema es la gestión posterior de un bien, no su producción. Por ello cientos de «museos etnográficos», «centros de interpretación de lo que sea» o «atractivos» de este tipo que han esmaltado la realidad rural española en las dos últimas décadas, al amparo casi siempre de dinero europeo… están cerrados, porque no se previó que no basta con tener la idea de turno, preparar un pequeño espacio expositivo y poner un cartel anunciador bien grande. Alguien tiene luego que limpiar, mantener, conservar, encender y apagar la luz, asumir su factura, pagar (gratificar, dicen) al que lo explica… Con las necrópolis pasa lo mismo, pero peor. En primer lugar, son construcciones diseñadas para estar enterradas, no vistas. En segundo, son testimonios pertenecientes al patrimonio cultural, y como tal escasos y para proteger. En tercero, exhumarlas y dejarlas al aire las expone a las inclemencias climáticas, que las destroza poco a poco, o rápidamente, dependiendo de zona y sustrato geológico sobre el que estén labradas; y a las inclemencias antrópicas, a veces más devastadoras. Cuarto y último, jactarse de una profanación y exhibirla, dejándola indefensa, no es el plato de mejor gusto que podamos ofrecer.
Proteger las necrópolis debidamente implica añadirles una cubierta, es decir, alterar su entorno, descontextualizarlas. Deben estar bajo tierra, no bajo techo. Otra solución que suele gustar mucho es taparlas con cristales que permitan ver… las humedades y condensaciones que se propician con el consiguiente ecosistema de líquenes, bacterias, algas y microespecies fascinantes. Para un biólogo tendrán interés. Para quien va buscando ver lo que se quería enseñar es más dudoso y, desde luego, frustrante.
Así pues, enterremos las necrópolis. Documentemos y démosles tierra como acto de respeto. Y quien quiera ver tumbas que se acerque al cementerio donde reposen los suyos. Que están los muertos muy solos en estos tiempos, en que se alejan y se ocultan los camposantos actuales y se exhiben y se acercan los de antaño.