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Lunes, 21 de mayo de 2012

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CULTURA Y TRADICIONES

Hace cien años en Brasil (21 de mayo de 1912)

Por Marisa Freire

Hoy hace cien años que el Diario Español de São Paulo daba cuenta de ciertos avances en el estudio de la enfermedad del sueño; y de disturbios políticos en China; y de huelgas en Londres; y de un voraz incendio en un pueblecito de Valladolid. Hoy hace cien años que era portada una zancadilla, la enésima que unos vecinos le hacían a otros vecinos: los tribunales uruguayos se negaban a admitir las instancias para la concesión del divorcio que habían presentado numerosos matrimonios argentinos, y lo hacían con el pretexto de que, «según ley recientemente votada, se necesitaba que los requirentes estuviesen domiciliados en el Uruguay durante seis meses por lo menos».

Hoy hace cien años que nacían en la localidad napolitana de Castellammare, del vientre de Rosina Solari, dos niñas, «tan íntimamente unidas» que formaban «un solo ser monstruoso». Y mientras tanto, en Bilbao, dos médicos se agredían en una reunión de la Junta de Protección a la Infancia; y en Jaboticabal moría un africano de ciento veintitrés años —«Otro jovencito», según el sobresaliente titular de prensa—; y el soldado Arthur Alves, llorando a lágrima viva tras ser abandonado por su esposa, amenazaba con suicidarse «tomando una jícara de suculento café».

Pero la gran noticia del 21 de mayo de 1912, publicada sin grandes aspavientos en el margen de una página cualquiera, aludía a una cinematográfica evasión protagonizada por una hermana muy valiente. Decía así:

Fuga de una monja

Castellón. Del convento de monjas agustinas del pueblo de San Mateo se ha fugado una monja descolgándose por las tapias del jardín, que tienen cinco metros de altura.

La fuga ha sido realizada de acuerdo con la familia de la monja, a la que esta avisó por medio de un escrito que ocultó en un ramo de flores regalado por la superiora a sus hermanos en reciente visita que estos le hicieron.

Dos hermanos aguardaban a la fugada, ayudándola a descender por la tapia y llevándosela en un carro que tenían preparado.

El hecho es comentadísimo por llevar la monja dieciocho años en el convento.

Dejando a un lado el empleo poco elegante del gerundio de posterioridad, así como ciertas ambigüedades semánticas fácilmente corregibles, esta noticia plantea al menos una incógnita y dos reflexiones. Vamos primero con las reflexiones.

Primera. ¿«El hecho es comentadísimo por llevar la monja dieciocho años en el convento»? Tiene sentido, sí; pero, si lo pensamos bien, ¿no parece más lógico escaparse tras dieciocho años de dudas —o de penas, o de consideraciones— que justo un mes después de tomar estado? Con franqueza: ¿no habría sido más insólito escaparse nada más llegar?

Segunda reflexión. Si la monja llevaba dieciocho años en el convento, se entiende que sin hacer mucho deporte, ¿cómo fue capaz de descolgarse tan alegremente por la tapia, por mucha ayuda que tuviera? Esto nos hace suponer que la situación debía de ser desesperada o, por lo menos, apremiante para ella, y nos lleva a preguntarnos, por si no lo habíamos hecho antes, cuál pudo ser el motivo de la evasión.

Y ahora la incógnita. En todo momento, la noticia deja claro que el plan se llevó a cabo «de acuerdo con la familia de la monja», que por otro lado, flores mediante, ya conocía el terreno. Sin embargo, el penúltimo párrafo se abre con «Dos hermanos», no con «Dos de sus hermanos», ni con «Sus hermanos», ni con «Sus dos hermanos». Esta precisión tal vez sea impertinente, pero ¿cuántos hermanos tenía la monja? ¿Acaso alguno de ellos no estaba allí? Y, en tal caso, ¿por qué no estaba allí? ¿Es que no aprobaba o no conocía el proyecto de huida de su hermana? Dos hermanos: algo falla. ¿No es inquietante?

Volvamos a leer la frase, muy despacio: «Dos hermanos aguardaban a la fugada, ayudándola a descender por la tapia y llevándosela en un carro que tenían preparado». No hagan caso del carro: dejen de plantearse si se trataba de un coche de caballos o de un cruce con el portugués, que lo importante no es eso ahora. Estamos en lo de los dos hermanos.

Pero... ¿y si no fueran hermanos de sangre, sino de religión? En ese caso, se entendería perfectamente la ausencia de posesivo. ¿No es la noticia mucho más inteligible —y atractiva, cómo no— con el nuevo escenario que nos proporciona esta hipótesis? ¿Cómo no comprender una fuga por amor, por amor duplicado?

¿Se imaginan la estampa?

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