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Martes, 8 de mayo de 2012

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (32). El pastelito

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Huevos fritos con jamón, también pasado por la sartén. Quizá un poco sabroso por demás, pero resucitan a un muerto en una mañana fría, con niebla. Las manos se habían quedado inmóviles, gélidas, tras una visita de obra. Será la sal, será la chimenea, que crepita, poniendo banda sonora a su trabajo, en el descanso del nuestro, el caso es que nos reponemos. Estamos en Caracena, uno de los pueblos más bellos de la provincia de Soria, donde el amigo Santiago resiste a los inviernos y a las tendencias demográficas de toda esta zona en el último medio siglo. Nunca había estado tan despoblada como en nuestros días esta localidad, otrora (muy otrora, siglo xii) cabeza de una pujante Comunidad de Villa y Tierra. Nuestro anfitrión nos sirve el desayuno, y nos habla.

De ese pasado medieval quedan más huellas que de su presente. Mala cosa. Parte de este presente es la declaración del pueblo entero hace pocos años como Bien de Interés Cultural (BIC), categoría administrativa que, dicen, asegura uno de los más altos índices de protección histórico-artística. Caracena cuenta con dos iglesias románicas (una con galería porticada), un puente gótico de los de lomo de asno al que milagrosamente aquí no llaman «romano», restos de un cubo y de parte de las murallas que defendían la villa, un hospital quinientista en ruinas, una presunta «cárcel» vetusta, un castillo tardomedieval que habla de la «señorialización» del lugar cuando el vecindario perdió sus antiguas libertades porque, diríamos hoy, fue privatizado… y un conjunto «urbano» que es la envidia de los tratados de arquitectura popular. Si a ello le sumamos el peculiar enclave natural en que se asienta Caracena, una proa de barco esculpida entre dos cañones geológicos, advertimos que no estamos en cualquier sitio. Aquí saben mejor los huevos, que hay que ir apurando porque la visita de obra ha de seguir, a pesar de que Santiago está locuaz y es un gusto escucharle. Un gusto y un deber.

Nos hemos quedado de piedra al comprobar la noticia que salió en la prensa local, en que se contaba que se había tirado un corral que estaba enfrente de la iglesia de San Pedro Apóstol, «monumento» conocidísimo desde comienzos del siglo xx por la atención bibliográfica con la que ha contado, gracias a la paradigmática galería porticada que posee. En dicha noticia la Diputación se jactaba del hecho. El corral impedía la correcta visión del templo, y se ha echado abajo. Dicha estructura, levantada en mampostería y cubierta con armazón de madera, antaño con techumbre de paja, hoy (ayer) de teja, molestaba. ¿A quién?

No, desde luego, a quien entiende que un pueblo ha de ser algo vivo. Que en un lugar donde se vive de la ganadería, las ovejas han de estar presentes. Tampoco a quien desea ver las muestras del pasado en su entorno. Los museos, a fin de cuentas, son una morgue donde de mejor o peor manera yacen custodiados unos restos precisamente cuando han perdido contexto, un purgatorio donde van las cosas a la espera de no se sabe qué. Claro, que en el purgatorio se puede estar eternamente. Lo dicen los libros.

Uno de los atractivos de Caracena es que ha sabido (o no ha tenido otro remedio) conservar ese contexto medieval donde se vivía también de la ganadería, y donde la mampostería de las casas y corrales, con su revestimiento de barro, dialogaba con los revocos color tierra de sus dos iglesias supérstites. Molestaba el corral. A la gente de la ciudad (emigrantes del agro en su día) les desagradaba la cercanía del ganado, su olor, las huellas de la vida que van dejando en forma de bolitas… y dificultaban la foto, frontal, de la iglesia de San Pedro. Igual daba que en la primera imagen que tenemos de la iglesia, retratada por el arqueólogo y fotógrafo Juan Cabré hacia 1915, ya estuviera el corral ahí, por supuesto. Había que dejar la iglesia como un pastel: exenta del todo, rodeable (se podía circunvalar antes sin ningún problema). Si se puede, habrá que ponerle una peana a la arquitectura en forma de pequeña acera sobreelevada circundante. Aplacada en piedra, eso sí, pues tiene que ser «rústica». Hay que esculturizar la arquitectura, darle aire de estatua monumentalizada, de ofrenda pública. Así al menos nos han vendido que es la arquitectura «buena», la de los arquitectos-estrella: mamotretos fotografiables, bien visibles, arrogantes en su relación con el entorno, elevados en horrendos pebeteros donde arda el símbolo sacrificial al deificado turismo. Para los amantes del románico, del patrimonio en general, esta es una mala noticia. Para quien tenía las ovejas ahí, cerquita de casa, también.

Ahora se puede sacar una imagen de postal del frente sur de la iglesia, con toda la galería sin ninguna fuga, cual si de ortofotografía se tratase. Ya no será la foto de lado, porque para hacerla frontal había que subir un poco camino del castillo, unos doscientos metros. Muy cansado, uf. Pero se va a reflejar un «monumento», no un edificio vivo. Y las familias que vayan al campo, a ver los arquitos de la galería, ni siquiera tendrán la coartada de dejar a los niños viendo las ovejas con los corderos y los mastines, tras las cancela del que fuera corral, y hoy es una explanación que ha acabado con el murete que hacía las veces de recinto propio del templo. Caracena es más museo que antes. Se ha derribado no un portal, sino parte de la experiencia de ir a un pueblo. Ya solo queda arrumbar la sacristía. Ah, y una casa que hay al lado. El pequeño cementerio parroquial, adosado a Santa María, la otra iglesia románica (la mejor, por cierto, aunque no tenga galería ni el discurso turístico la publicite) ha vuelto a extender su halo al caserío entero. Eso sí, podremos fotografiar de frente el pastelito, de un solo disparo, y coger el coche y volver rápidamente a la ciudad, o al hotel, o a la casa rural, sin olor a oveja, a ver si nos da tiempo a cenar unas chuletitas de cordero.

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