ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
La relación artística y personal de la duquesa de Alba y el pintor aragonés Francisco de Goya fue extraordinariamente fecunda en el terreno artístico, por las importantes obras llevadas a cabo bajo el encargo directo de la dama. Pero también lo ha sido en el campo literario, donde se ha creado una leyenda que llega hasta nuestros días y que rodea algunas de las obras más emblemáticas del pintor, como Las majas.
Esta relación puede datarse ya desde 1795, año en el que la duquesa comienza a ser mencionada en la correspondencia del pintor. En este año Goya, introducido en la Casa de Alba por la duquesa de Osuna, su gran protectora en la corte, recibió el encargo de retratar a ambos duques. Realizó dos cuadros, de tipo oficial: el del duque, conservado en el Museo del Prado, y el de la duquesa vestida de blanco, que forma parte de la colección privada de los duques de Alba. Junto a estos encargos, Goya realizó dos pequeñas escenas de carácter más íntimo, una de las cuales es la que presentamos hoy aquí.
En esta escena privada aparece la duquesa, vuelta hacia atrás, intentando asustar a su dueña con un pequeño amuleto de coral, muy frecuente en la época para evitar el mal de ojo. La dueña, identificada con Rafaela Luisa Velázquez, apodada La Beata, retrocede espantada y muestra una cruz de madera para defenderse.
Las crónicas de la época, y los historiadores posteriores, han hecho siempre hincapié en el carácter desenfadado y alegre de la duquesa de Alba, caprichoso y temperamental. Así está representada en este pequeño cuadro, gastando una broma a su dueña, y así aparece también en la carta que le escribe el pintor a la duquesa de Osuna, en ese mismo año de 1795, en la que relata parte de su estancia con los Alba. Es especialmente expresivo el párrafo en el que el pintor cuenta la entrada de la duquesa en el estudio para solicitarle que la maquille: «Más te balía benirme (sic) a ayudar a pintar a la de Alba, que se me metió en el estudio a que le pintase la cara, y se salió con ello; por cierto que me gusta más que pintar en el lienzo, que también la he de retratar de cuerpo entero».
Pero el cuadro no sólo pretende representar el carácter jocoso de la duquesa, sino que, como es característico en Goya, da un paso más y se convierte en representación de la sociedad de su momento. Con una factura suelta y tonalidades ocres, verdes y grises, que en ocasiones se han relacionado con las Pinturas negras, Goya hace una crítica de la religiosidad supersticiosa, nacida de la ignorancia que él, desde su posición ilustrada, intentó siempre denunciar.