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Martes, 31 de mayo de 2011

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¿Se acuerdan de la guzpatarra? (1)

Por Pedro Álvarez de Miranda

La edición vigésima del diccionario de la Real Academia Española, publicada en 1984, ha sido la única que en su formato grande se presentó dividida en dos volúmenes. Comprendía el primero desde la letra a hasta la g, el segundo desde la h hasta la z, y así lo indicaban sus lomos; pero en las portadas se estamparon la letra inicial y la entrada final de cada tramo: «a-guzpatarra» y «h-zuzón», lo que otorgó una inesperada fama a esos dos vocablos conclusivos. Se mencionaron más de una vez por entonces, y acaso con una sombra indisimulable de regocijo o de ironía: por vía aleatoria quedaba de manifiesto una vez más el alto número de palabras desconocidas que atesora el léxico oficial.

Muchos lectores, hoy, apenas recordarán ni esa guzpatarra ni aquel zuzón que de tan efímera celebridad gozaron. Pero desde luego ahí siguen, cerrando las respectivas letras en la macroestructura de la vigesimosegunda edición (2001).

Fijémonos en la primera de ellas. Guzpatarra es, según el diccionario, «cierto juego de muchachos usado antiguamente». No lleva ninguna marca de vigencia, pero el adverbio que la definición incorpora moverá a cualquier lector a sospecharla anticuada. No figura el vocablo en el diccionario etimológico de Corominas, y por muchos corpus textuales que se fatiguen no hay manera de encontrar texto alguno en que aparezca usada.

En casos tales conviene preguntarse desde cuándo figura en el repertorio académico, y, si se puede, intentar averiguar por qué entró en él. Responder a la primera pregunta es sencillo: guzpatarra está en el diccionario de la Academia desde su cuarta edición (1803), con una definición muy similar a la de hoy, «especie de juego con que se divertían los muchachos». Lo curioso es que la palabra sí llevaba entonces la marca de anticuada, que la Academia decidió quitarle a partir de 1884. Y si ya hemos dicho que los textos no aparecen por parte ni época alguna, fácil será hacerse idea del fundamento de tal supresión.

La respuesta a la segunda pregunta solo se halla en los ficheros de la Corporación. En los cuales, en efecto, figura una antigua cédula en la que consta exactamente lo mismo que en 1803 («antiquada», «especie de juego…»), pero además esta referencia textual: «Varon. Ilustr. Vida de Alcibíades, fol. 68, col. 1: Otrosí una vez como acostumbran los muchachos jugaba (Alcibíades) con otros sus eguales a la guzpatarra».

Como se ve, el redactor de 1803 no tenía más información acerca del juego en cuestión que la que el propio texto le suministraba: que era un juego de muchachos… de tiempos de Alcibíades. Por eso formuló la definición en pretérito («juego con que se divertían…»). Mas, desaparecido todo vestigio del fundamento textual, el consultante de guzpatarra en un diccionario español sin lugar a dudas pensaría, entonces como ahora, en un tiempo pasado también español, y en unos muchachos españoles de ese inconcreto tiempo «antiguo». Ni por pienso se le ocurriría llevar la imaginación hasta la Atenas de Alcibíades. Como detalle, el equívoco es curioso, pero a la postre irrelevante.

La obra que cita la cédula es la traducción «de latín en romançe» que el cronista Alfonso de Palencia hizo de las Vidas (de los «varones ilustres») de Plutarco, publicada en Sevilla, en dos partes, en 1491. No escasean los ejemplares de este incunable, y en uno de ellos he podido con facilidad localizar el pasaje, pues en efecto está en la columna primera del folio 68 (de la primera parte). El cedulista de la Academia hizo lo que pudo con la lengua del xv: estuvo atento a ese «eguales» que hemos visto; cambió «mochachos» por «muchachos», pero esto se le puede perdonar; con buen criterio decidió escribir «acostumbran» donde leía «a costumbran». Pero, ay, se le fue el santo al cielo con la palabra que más importaba, y que le sonaría tan a chino como a nosotros. Tuvo ahí una distracción fatal, pues lo que tres siglos atrás Palencia había escrito, sin duda alguna, no era «guzpatarra», con -rr-, sino «guzpatara», con -r- (dejo la forma, de momento, sin tilde alguna; más adelante optaremos por hacerla esdrújula). He aquí la prueba, por si alguien no se fía de la atención que, por nuestra parte, hayamos puesto en el examen:

de mugeres y no de leones. Otro si una vez como a costumbran los mochachos iugaua con otros sus eguales ala guzpatara: y estando

La traducción de Palencia se reeditó parcialmente en 1792-1793 por iniciativa de Cerdá y Rico; ahí (Vidas de los varones ilustres griegos y romanos) encontramos de nuevo, como era de esperar, la forma con -r-, y la palabra toda, curiosamente, impresa en cursiva, como resaltando su rareza:

Otrosí, una vez, como acostumbran los mochachos, iugaba con otros sus eguales á la «guzpatara»,

La anécdota que cuenta Plutarco nos sitúa en la vía pública, en un lugar estrecho por el que quiere un carretero hacer pasar su vehículo justo en el momento en que le llega el turno de juego a Alcibíades, que dará muestra de su fuerte carácter al enfrentarse desafiante con el dueño del carro. ¿A qué están jugando el niño Alcibíades y sus amigos? La palabra latina del texto que traduce Palencia es astragalus (astragalis), que en el texto griego es astrágalos (astragálois), lo que, naturalmente, nos remite al juego de las tabas. Con lo cual no queremos decir que la palabra guzpátara sea un nombre de dicho juego. Dejemos para una próxima entrega las especulaciones al respecto.

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