ARTE
Por Mauro Cadove
Un artista —un poeta, un pintor, un escultor, un músico, un guionista; da lo mismo— habla de falsificación y de plagio y de palimpsestos y de hoax (dice hoax) y de Orson Welles y de enmascaramiento de la realidad y de silencio y de todas esas cosas. Lo hace, pero no directamente, sino a través de otras identidades. Es decir: en una revista cultural o en una exposición itinerante o en un gran parque del centro de la ciudad o en un disco recopilatorio o en un festival de cine publica diecinueve textos breves o expone treinta y siete cuadros o coloca cincuenta y dos estatuas o edita doce canciones o recupera veintitrés cortometrajes de menos de diez minutos a pecho descubierto, ante la vista del público, siempre imprevisible y cruel. Pero no lo hace con su nombre, sino con diecinueve o treinta y siete o cincuenta y dos o doce o veintitrés seudónimos distintos. Es decir: hace como si no hubiera sido él quien ha hecho lo que ha hecho él, y se parte de risa con solo pensarlo.
Después, en la página de créditos donde aparecen los colaboradores de la revista o en cada uno de los papelitos donde figuran los títulos de los cuadros o en la única placa de mármol equidistante de la legión de estatuas dispuestas en círculo o en la penúltima de las hojas del folleto que regalan con el disco o en las mismísimas entradas que venden en los cines donde proyectan los cortometrajes, en esos lugares señalados por los cuales no todo el mundo pasa pero en los que todos podrían reparar y detenerse —y ahí está el riesgo, el riesgo, dice para sí el artista—, el artista, el impostor confiesa: reconoce que sí, que de acuerdo, que él es el responsable, el culpable de todo, el autor de todos los textos, de todos los cuadros, de todas las estatuas, de todas las canciones, de todos y cada uno de los cortometrajes. Lo hace con una sonrisa de desafío y de miedo; le tiemblan las piernas ante la más que previsible reacción del público y de la crítica, sea cual sea (el público, la crítica, la reacción). Cree, no obstante, que, tras un par de reseñas negativas que le lloverán de parte de mediocres y/o envidiosos, las multitudes lo acabarán saludando como lo que es: un genio.
Pero el caso es que la revista se publica, la exposición se celebra, el parque se llena de mármoles, el aire de canciones y las salas de cine de películas, y allí nadie dice nada. Es decir: la gente acude, claro, y mira los papelitos, y se da cuenta de lo que está pasando —la gente no es tonta; ¿o qué se han creído?—, pero nadie dice nada.
Como, pasado un tiempo prudencial (seis días) desde la publicación de la revista o de la exposición de los cuadros o del levantamiento de las estatuas o del lanzamiento del disco o de la proyección de los cortometrajes, nadie se rasga las vestiduras, a nadie se le cae el alma a los pies, nadie se lleva las manos a la cabeza, nadie clama al cielo y todos, absolutamente todos, continúan viviendo como si tal cosa, el artista vuelve a la carga desde su blog: allí repite que él se lo ha inventado todo, que qué risa, que lo que pretendía era experimentar, ser transgresor, recorrer los peligrosísimos senderos del arte como salto al vacío y sin red, mirar el infierno sin cerrar los ojos, sin dar tregua ni bajar los brazos y, en definitiva, cabalgar sobre la escurridiza y venenosa serpiente del río de silencio (artístico) que nos lleva y nos vuelve del revés, y demostrar así que el autor no importa porque ya dijo Borges que lo que le sucede a un hombre es como si le sucediera a todos los hombres, y por eso el autor, repite, ya en mayúsculas, EL AUTOR NO IMPORTA. Cuatro días más tarde, noventa y seis horas después de ese último post incendiario, en carne viva, nadie ha abierto la boca. Comentarios: 0.
El artista no lo comprende. Se lo cuenta a un par de amigos artistas y acaban los tres en un bar, despotricando contra las masas. «¿Qué es lo que quieren?», se pregunta uno de ellos, «¿otro Código Da Vinci?», y los demás le dan la razón. Hablan del Silencio, del Riesgo, de Literatura, de Ir A Contracorriente. Beben durante tres horas; salen tambaleándose del bar. Pagan la cuenta. El camarero, que los ha reconocido (a los tres), se compadece de ellos y no abre la boca.