ARTE / Claroscuro
Por Mónica Ann Walker Vadillo
Posiblemente se trate de uno de los santos más populares dentro del repertorio iconográfico cristiano. Los detalles de su vida y martirio aparecen descritos por primera vez en un sermón que Ambrosio de Milán, uno de los padres de la Iglesia, escribió en el siglo v d. C., seguido por su obra Acta Sanctorum (Vidas de los Santos), y posteriormente se recogen en La leyenda áurea de Santiago de la Vorágine. Las fuentes nos dicen que su culto ya se conocía en el siglo iv en Milán y que se extendió por toda Europa especialmente porque se convirtió en el santo que se invocaba contra la peste bubónica y otras enfermedades. De ahí que su culto sea tan popular incluso a día de hoy.
San Sebastián fue un soldado cristiano en el ejército del Imperio romano en el siglo iii d. C. Oriundo de la Galia Narbonense, se educó en Milán y luego pasó a formar parte de la guardia pretoriana de los emperadores Diocleciano y Maximiano que, ignorantes de sus inclinaciones religiosas, lo nombraron jefe de la primera cohorte. El emperador Maximiano descubrió que san Sebastián era cristiano y le dio la opción de renunciar a su fe y hacer un sacrificio a los dioses o morir; san Sebastián se negó a tal renuncia y Maximiano ordenó a sus soldados que lo llevasen al estadio, lo desnudasen y lo atasen a un poste para que muriera asaeteado. Numerosas fueron las flechas que perforaron el cuerpo del santo; dado por muerto, lo dejaron donde cayó; sin embargo, Irene de Roma, al intentar recuperar el cadáver para enterrarlo, se dio cuenta de que el santo todavía vivía y lo curó. El santo, en vez de esconderse, se enfrentó una vez más al emperador para reprocharle su acérrima persecución de los cristianos; éste lo volvió a condenar a muerte, misión que los soldados sí cumplieron esta vez. El cuerpo del mártir fue arrojado a un lodazal. Recuperado más tarde por sus compañeros cristianos, fue enterrado en la Vía Apia de Roma.
El momento de la vida y el martirio de san Sebastián que la mayor parte de los artistas representan suele ser el de máximo dramatismo, es decir, cuando san Sebastián, semidesnudo y atado a un poste, es asaeteado. Ésa es la visión que el Greco nos da del santo. Por razones desconocidas, el cuadro se dividió en dos: la parte superior se conserva en el Prado y la inferior, en la Colección Arenaza de Madrid. Por otra parte, este cuadro es una réplica de otro también del Greco que ahora se encuentra en la Colección Real de Rumania, aunque la técnica usada en ambos es muy distinta. El del Prado muestra unos contrastes más intensos y un modelado abrupto; en él, el mártir se encuentra semidesnudo, con los brazos atados hacia atrás en un poste. A pesar de que las flechas ya han atravesado su cuerpo, inclina ligeramente la cabeza hacia la derecha, como implorando al cielo. Esta cabeza del santo se puede considerar como uno de los más atrevidos y bellos ejemplos de las distorsiones tan características del estilo del Greco, sobre todo en su etapa final. Al fondo se ven unas nubes muy densas que reflejan formas oscuras y, bajo ellas, en la lejanía, se distingue un paisaje espectral de Toledo, pero esta representación se encuentra en la parte inferior del cuadro, la que se halla en la Colección Arenaza. El Greco aplica el claroscuro de forma tan magistral en esta obra que el paisaje es al mismo tiempo realista y mágico... Este cuadro es un gran ejemplo de la expresividad y la objetividad que el Greco aplica a sus obras en esa última etapa, en la que llega a lo más alto de la creación artística.