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Viernes, 20 de mayo de 2011

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Ciencia Y TÉcnica

Pulidores (1). La triste historia de la tía Puchi

Por Andrés Carrobles

Recuerdo especialmente los tres primeros años, 1991, 1992 y 1993: cuando no era el Tour, era el Giro. O las dos cosas. En esa época me lo pregunté mil veces: ¿qué habría sido de Claudio Chiappucci si no hubiera tenido la mala suerte de coincidir en el espacio y en el tiempo con Miguel Induráin? Miguelón, sin levantarse del sillín, siempre pedaleaba más deprisa; la tía Puchi —así llamaba al ciclista lombardo mi primo Guille, que entonces tendría cuatro o cinco años— tenía que conformarse con mirarlo desde el podio, eternamente un escalón por debajo.

Años después, supe que al pobre Raymond Poulidor le había pasado algo todavía más duro: tres veces segundo en el Tour y cinco veces tercero, en un primer momento por culpa de su gran rival, Jacques Anquetil, pero también, un poco más tarde, por otro golpe de mala suerte: resulta que, pasada la gran época de Monsieur Crono, había llegado al pelotón un caníbal belga llamado Eddy Merckx.

Luego decían que la afición lo quería mucho y tal y cual: lo nombraron caballero de la Legión de Honor y todo eso. Pero Pou Pou, el eterno segundón, ni llegó a vestirse de amarillo siquiera. Como señala Javier Herráez Pindado en un artículo que podemos leer en la red, hoy el mito de Poulidor —quien obtuvo muchos premios, sí, entre ellos una Vuelta a España, y que sin embargo será siempre mucho más célebre por todo aquello que dejó de ganar— ha traspasado, tanto en francés como en español, los dominios de la bicicleta. En la prensa se habla, así, de un Poulidor de la nieve o de un Poulidor del volante, por citar tan solo un par de ejemplos, para designar a esquiadores o automovilistas sin suerte. Pero Herráez también registra otros usos en arte, política o economía; incluso la lengua se revuelve y aquí y allá aparecen por sorpresa sustantivos, adjetivos o verbos (poulidorer, en francés) en honor del rey del segundo puesto.

Como sucede algunas (benditas) veces en el deporte, otras grandes hazañas de segundones permanecen en la memoria colectiva. Así, aunque la expedición antártica de Scott llegara con más de un mes de retraso con respecto a la del noruego Amundsen, hoy resulta difícil separar los nombres de uno y otro. Es cierto que la desgraciada historia del británico, las penurias de su viaje y la muerte de todos los miembros del grupo han contribuido a que no se evapore su leyenda. Por no hablar de la canción de Mecano, que también ha hecho lo suyo.

«En el siglo xii, los islandeses descubren la novela, el arte de Cervantes y de Flaubert, y ese descubrimiento es tan secreto y tan estéril, para el resto del mundo, como su descubrimiento de América», dice un fragmento ampliamente citado, glosado y celebrado de Jorge Luis Borges. El poeta nos habla de otros aventureros: aquellos que deben su desgracia no a haber llegado un poco tarde, sino a haberlo hecho demasiado pronto. Pulidores por anticipación que ni siquiera tuvieron la suerte de saludar al público desde el escalón más bajo del pedestal.

El campo de la ciencia y la investigación es especialmente cruel en este aspecto. No son pocos los que, ajenos a todo cuanto sucedía alrededor, creyeron que inventaban cuando en verdad redescubrían; o los que no fueron lo suficientemente avispados como para patentar su creación a tiempo, o los que vieron cómo otros perfeccionaban y comercializaban lo que ellos habían iniciado. El caso de la bombilla, tan a menudo atribuido a Edison, es uno de los más famosos; también el de la radio: cualquiera se la arranca ahora a Marconi para devolvérsela a Nikola Tesla.

Dedicaré los próximos rinconetes a unos cuantos casos de pulidorismo científico hispánico. Sirvan como homenaje al desdichado Pou Pou y a la aguerrida tía Puchi.

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