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Miércoles, 18 de mayo de 2011

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (XII). Justicia para Antoni Wojciechowski

Por Alba Bergua Muntoner

No recuerdo en qué año me lo regalaron, pero sí sé que fue uno de mis libros de cabecera durante mucho tiempo; en realidad, lo sigue siendo aún. La guía del perfecto tramposo en ajedrez (1992), escrita por Antonio Gude e ilustrada por Matt, quien por aquel entonces, creo, publicaba tiras cómicas en El País, forma parte de una colección de guías para perfectos tramposos de todo tipo: estudiantes, deportistas, empresarios. No sé cómo serán las otras, y lo cierto es que tampoco tengo demasiada curiosidad por saberlo, pero en este caso la lectura regala mucho más de lo que prometen un título demasiado plano (la editorial obliga) y una ilustración de cubierta mucho más discreta que las del interior: en ella, un hombre con una de esas enormes narices que pinta Matt sonríe, sacando la lengua con disimulo, mientras se toca el mentón con la mano izquierda; con ayuda de un lápiz —el lápiz delator sobre su oreja—, ha añadido unas cuantas casillas al tablero, de manera que el mate es ahora posible.

La guía de Gude no pretende enseñarnos a jugar al ajedrez. Ni siquiera pretende enseñarnos a hacer trampas. Tan solo el capítulo octavo (y último), «El libro de oro del perfecto tramposo», tiene el tono ligero de esos típicos manuales bromistas, y allí nos cuenta cómo podemos aniquilar sobre el tablero, con ayuda de cubatas, halagos, provocaciones y otras artimañas, a nuestro vecino, a nuestros amigos, a nuestra máquina o a otros jugadores de ajedrez. Lo lees y te ríes, pero sin duda lo mejor está mucho antes: en las anécdotas legendarias de Sissa a Steinitz, en los problemas de fantasía, en las partidas apócrifas de Napoleón, Stalin o Einstein, en los premios de belleza (ajedrecística), en los trucos de los desvalijadores de bolsas en la baja Edad Media, en las manías de los grandes maestros, en el fraude del autómata de Von Kempelen, en los médiums, en los hipnotizadores, en las partidas soñadas y, en fin, en toda una galería de tramposos, insurgentes e incendiarios de diverso pelaje.

Me gustaría detenerme un poco más en tres páginas del libro; en las páginas 92-94, donde Gude nos cuenta la historia de uno de los finales más sorprendentes —eso opinan los expertos— de la historia del ajedrez. Se trata de la partida que enfrentó a Martín Ortueta con José Sanz Aguado en el campeonato de Castilla, Madrid, 1933. Allí, Sanz sacrifica su torre para avanzar sus dos peones doblados, que, pasito a pasito pero de manera implacable, acabarán destrozando al ejército rival. El final es bellísimo, pero más chocante aún es el principio: el combate había comenzado (y terminado) dos años antes, en el campeonato de Poznan, entre Tylkowski y Wojciechowski. En efecto: como señala Gude, la partida entre Ortueta y Sanz huele de lejos a un amaño, a un plagio de la que habían disputado los dos maestros polacos en 1931, donde se llegaba a una posición prácticamente igual que se resolvía de la misma manera. Lo que pasa es que la combinación que se hizo famosa fue la de los españoles; ha sido motivo de muchos estudios y puede accederse a ella muy fácilmente a través de la red, donde, por cierto, también encontrarán un interesante artículo de Tim Krabbé («Strangest coincidence ever —or hoax? The case of the Polish Rxb2») acerca de un posible plagio que hoy parece fuera de dudas.

Al heavy metal le gustan las historias tristes de héroes tristes. En su momento se hizo famosa la canción «Capitán Lawrence», de la banda asturiana WarCry (en el álbum El sello de los tiempos, 2002), en la que se narraba la historia de Lawrence Oates, el explorador antártico del grupo de Scott que, en un estado físico lamentable y para no retrasar la marcha de sus compañeros, decidió abandonar la tienda y salir a morir a la nieve. Pues bien: ahora Los Perros de Hilbert, un grupo formado por físicos y matemáticos madrileños, alguno de los cuales —me consta— leyó La guía del perfecto tramposo en ajedrez y supo por ella del plagio de Ortueta y Sanz, incluye en Petra y los ewoks, su primer disco, el tema «Antoni Wojciechowski (1905-1938)», un lírico homenaje en desagravio de la memoria de aquel olvidado ajedrecista polaco que una tarde de 1931, en Poznan, decidió, en un momento de genialidad, entregar su única torre al voraz caballo blanco.

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