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Martes, 17 de mayo de 2011

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ARTE / Claroscuro

La romería de San Isidro

Por Laura Rodríguez Peinado

Qué diferente es esta versión de la romería de San Isidro, el patrón de Madrid, que Goya pinta en el comedor de la planta baja de la Quinta del Sordo, de las escenas lúdicas que pintó en su etapa de cartonista para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. En aquellas se reflejaba el colorido, la alegría y el bullicio de un día festivo en el que participaba todo el pueblo de Madrid, en ésta se representa una procesión un tanto siniestra en la que los personajes avanzan hacia el espectador en tropel, cantando o, más bien, vociferando al son de los acordes que marca el guitarrista ciego, uno de los tópicos de la picaresca hispana que también fue utilizado por el pintor con un sentido más amable en el cartón de título El ciego de la guitarra.

El primer grupo de personajes que dirige la procesión, de rostros caricaturescos y expresiones desenfrenadas, posiblemente consecuencia de los efluvios etílicos que han sustituido al poder salutífero de las aguas de la fuente del santo, parecen ser mendigos seguidos por agricultores cubiertos con grandes sombreros de ala. Pero entre la turba destaca un personaje dispuesto en segundo plano, que capta nuestra atención con su mirada y que en su expresión recuerda a Napoleón, desterrado desde 1815 en la isla de Santa Helena, donde murió el 5 de mayo de 1821; las coincidencias cronológicas entre la muerte del emperador francés y la posible fecha de ejecución de las Pinturas negras hacen pensar que Goya conoció el suceso durante la realización de este conjunto.

A este grupo le siguen dos hombres embozados con sombrero de copa y dos muchachas que se cubren con mantilla, que por su atuendo parecen pertenecer a la misma burguesía acomodada a la que pertenecía el propio Goya (al que algunos han identificado con el embozado que está en primer plano).

Aunque, como ya hemos dicho, no es la primera vez que Goya pinta la relación entre las distintas clases sociales, aquí no se muestra una sociedad idealizada donde conviven en armonía, sobre todo cuando participaban en los actos lúdicos comunitarios, sino que en palabras de Valeriano Bozal, «pinta un muestrario de las diversas clases sociales o estamentos sociales…, una verdadera comedia humana y una alegoría del mundo cotidiano». Por eso, aunque estos personajes también participan de la procesión, lo hacen a cierta distancia, apartándose del resto del cortejo que serpentea entre las suaves colinas de las afueras de la capital y que se representa en forma de masa compacta, donde la multitud y el colectivo hacen perder el sentido de la individualidad continuando una práctica que el pintor ya había llevado a cabo en las numerosas ocasiones en las que había utilizado al pueblo como protagonista.

En esta procesión en que se encuentran los sentimientos religiosos tradicionales, ligados a menudo a la superchería, con los profanos, que se suman a la celebración a través de la ingesta de alcohol, el Goya ilustrado critica la permanencia de estas costumbres que no contribuyen al avance social, sino más bien perpetúan el inmovilismo de una sociedad que concentra los privilegios en manos de unos pocos.

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