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Miércoles, 11 de mayo de 2011

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Cine y televisión

Alejandro G. Iñárritu y Guillermo del Toro: el nuevo cine mexicano global

Por Inmaculada Álvarez Suárez

Puede decirse que estos dos directores mexicanos, a los que habría que añadir el nombre de Alfonso Cuarón (Y tu mamá también; Children of Men), conocidos popularmente como «los tres amigos» desde que coincidieron en nominaciones en los premios Óscar de 2007, representan una nueva tendencia del cine mexicano, donde las fronteras se diluyen a favor de temas y escenarios que superan localismos construyendo un cine con el que pueden identificarse espectadores de diferentes ámbitos culturales.

El conflicto existencial, el dolor de la pérdida, el sentimiento de vacío, la incertidumbre del devenir, la necesitad de empatía del ser humano. Todos son temas universales presentes en los filmes de Iñárritu: Amores perros (2000), 21 gramos (2004) y Babel (2006) configuran una saga, llamada por su autor «la trilogía de la muerte», donde este tema es la constante alrededor de la que se van tejiendo las historias. Las tres con guión de Guillermo Arriaga y con premios internacionales, tienen una similar estructura: se componen de subhistorias con un nexo originario común y donde el tiempo no es lineal sino que juega en beneficio de la narración fílmica.

De este modo, en Amores perros un accidente de coche es el punto de conexión de los tres dramas, al igual que en 21 gramos; en Babel será una muerte por un disparo accidental hecho por un niño en una montaña del Atlas marroquí la que desencadene la unión de las historias de una pareja americana de turistas en Marruecos, un padre y su hija sordomuda en Tokio y una mujer mexicana que cuida de los hijos de la pareja turista y decide cruzar la frontera hacia su país. Como si fuera una magistral tela de araña, Iñárritu conecta todas las historias y el espectador se acerca a distintos idiomas y culturas, pero sintiendo que esto es secundario porque lo primordial son siempre las emociones, capaces de expresarse en un lenguaje global.

Esto mismo es lo que el director consigue en su última película, Biutiful (2010) —con un guión esta vez escrito a partir de una historia suya y localizada en un barrio marginal de Barcelona—, que narra el dolor humano desde distintas perspectivas: la enfermedad incurable, la certeza de la muerte cercana, el amor incondicional por los hijos, la explotación del que intenta subsistir… En definitiva, emociones que nos conectan con lo humano. Javier Bardem como protagonista del filme transmite en cada secuencia, en el plano incluso de su mirada, todo este lenguaje universal de la película.

Con distinta temática y estética, e incluso género, pero también con un cine que supera sus fronteras, el director mexicano Guillermo del Toro realizó dos filmes con la Guerra Civil española como escenario: El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006). Son obras dentro del género fantástico, al que ya Del Toro había recurrido en su adaptación de novelas gráficas al cine (Hellboy, Mimic o Blade II), pero en este caso ambientadas en la dura realidad de la guerra, donde los personajes se ayudan de la fantasía para escapar de la opresión de su angustia cotidiana. En El espinazo del diablo, el escenario es un orfanato, refugio de maestros republicanos que se unen a los niños abandonados y donde un fantasma guía a uno de ellos en la memoria de un crimen que ocurrió en el lugar. También la Guerra Civil es el contexto temporal de El laberinto del fauno, ambientada en una casona en las montañas del Pirineo aragonés, donde Ofelia, una niña cuya madre muere en el posparto de su hermano, crea un mundo de fantasía a través del cuento infantil y los seres fantásticos con los que escapa de la violencia del marido de su madre, un capitán franquista. Al igual que el cine de Iñárritu, las películas de Del Toro transmiten la universalidad de la angustia existencial, los miedos ocultos, la opresión al otro, el deseo de escapar de lo real. A pesar de estar localizada en un tiempo y un lugar concretos, sus filmes pueden entenderse también como metáfora común de estas emociones universales.

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