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Lunes, 31 de mayo de 2010

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CULTURA Y TRADICIONES

Qué chapa (1)

Por Irene Cuervo

Mi hermano mayor y yo solíamos jugar en casa. En el salón había una alfombra con tonos oscuros y rojizos, llena de formas geométricas inscritas en un rectángulo. Mareaba un poco, sí, pero tenía las proporciones adecuadas: las de un campo de fútbol de colores. De modo que hacíamos lo siguiente: primero pedíamos en el bar de abajo una bolsa de chapas (siempre nos las daban en una bolsa de plástico blanca); después seleccionábamos las más lisas, que solían ser de Cruzcampo, Águila o sidra El Gaitero (nunca Continente: se doblaban enseguida); por fin, cuando teníamos bastantes para formar los dos equipos, es decir, veinte normales y dos tapones —ojo: no había que  olvidarse de pedir dos tapones de botella grande de refresco para los porteros—, tomábamos una de ellas, la más perfecta, y la colocábamos sobre una hoja de papel, con la parte estrecha hacia arriba. Entonces, con un bolígrafo, marcábamos la silueta una, dos, tres y hasta veintidós veces, según íbamos desplazando la chapa, a razón de cuatro o cinco por fila; las seudocircunferencias resultantes parecían ruedas dentadas.

Concluido este primer paso, en cada chapa trazábamos con una regla dos líneas horizontales paralelas (la primera hacia la mitad de la circunferencia; la otra un poco más abajo), donde más tarde escribiríamos el nombre de cada futbolista, así como una gran uve en la parte superior, que hacía las veces de cuello. En el lado derecho del dibujo —izquierdo de la camiseta, se entiende— anotábamos el número; por último, decorábamos las chapas con los colores de nuestros respectivos equipos; lo que quedaba por debajo del nombre era el pantalón y lo que quedaba por encima la camiseta. Cuando esta última era aburrida (es decir, no rayada o de un solo color), quedaba permitido copiar la marca de los patrocinadores del equipo; además, podíamos dibujar alrededor del cuello otras líneas con los colores de las mangas, para que quedara más vistoso.

Esa era una posibilidad. Pero había otras: por ejemplo, recortar las imágenes de los jugadores que aparecían en los cromos de la Liga y pegarlas sobre la misma chapa. Nadie ignoraba que esta segunda opción exigía, primero, haber terminado el álbum, y después tener repetidos once jugadores de cada equipo, tarea casi imposible. Me diréis que en su momento hubo pegatinas que llevaban las caras de los deportistas y que, sin tener nada que ver con los cromos, estaban destinadas precisamente al juego de las chapas; sí, es cierto, pero eran de ciclismo, no de fútbol.

Luego estaba el balón, que era un garbanzo, y después las porterías, que podían hacerse fácilmente con cajas de cerillas, aunque nosotros utilizábamos las de un futbolín que se nos había roto. Cada jugador tiraba una vez, por turno (salvo en los saques de banda, de puerta, de esquina, de centro o de falta, donde había dos toques y se podía colocar todo el equipo); si golpeaba una chapa rival antes que el garbanzo o quedaba montada encima de ella, cometía falta; si el garbanzo quedaba encima de la chapa, sobre el dibujo, había mano (a menos que se tratara del portero). El campo era una alfombra, ya lo he dicho; si se tiraba a gol, había que avisar para que quien defendía colocara bien a su portero. En las faltas directas se podía poner la chapa boca abajo y colocar dos dedos delante del garbanzo, para que en el lanzamiento el jugador no saliera despedido. Lo demás era técnica: mi hermano aprovechaba los salientes de algunas chapas y el rabillo del garbanzo para elevar desde allí el balón, saltar la barrera, meter gol y ganarme casi siempre. Un día, después de un 4-0 que celebró de manera exagerada, casi antideportiva, le clavé una chapa en el antebrazo y apreté hasta que le quedó la marca.

Lo que jamás supimos ninguno de los dos —lo que me gustaría investigar ahora— fue desde cuándo se jugaba a eso; quién se había inventado esa maravilla que a nosotros nos descubrió el más alegre de nuestros primos y con la que durante mucho tiempo pasamos tardes enteras tumbados encima de la alfombra del salón…

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