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Martes, 18 de mayo de 2010

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ARTE / Claroscuro

La batalla de Ceriñola

Por Marta Poza Yagüe

Durante los siglos xv y xvi, la Península Itálica no es sólo el centro de esa renovación cultural y artística que conocemos como Renacimiento, sino también el escenario de constantes enfrentamientos militares entre franceses, españoles, el Papado y el Imperio germánico, en el trascurso de los cuales se va a operar, asimismo, el paso del sistema bélico medieval a los principios de la guerra moderna. Desde el punto de vista táctico y estratégico, la antigua caballería pesada, lenta de maniobras y obligada al choque frontal de las fuerzas, va a perder protagonismo en favor de la infantería y de la caballería ligera, capaces de movimientos mucho más rápidos, amplios y envolventes, que permitían atacar por sorpresa al contrario también desde los flancos. A su lado, y por lo que al armamento respecta, será decisiva la paulatina sustitución de la ballesta por las armas de fuego; de ahí que resulte crucial en este punto la incorporación del arcabuz. Y el lugar en el que estas innovaciones revelaron su eficacia, inclinando la balanza del lado de uno de los bandos en poco más de una hora, fue en la batalla de Ceriñola. Acontecida el 28 de abril de 1503, se saldó con la victoria de las tropas españolas acaudilladas por Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y con la derrota de las francesas al mando de Luis de Armagnac, duque de Nemours, fallecido en el campo de batalla como consecuencia de las heridas producidas por un disparo de arcabuz.

La heroica gesta, crucial para la recuperación del Reino de Nápoles por parte de los Reyes Católicos, fue el tema elegido por un jovencísimo Federico de Madrazo para componer su primer gran lienzo de temática histórica. Como corresponde al espíritu romántico de la época, el pintor opta por el instante de mayor carga emocional: el momento en el que el caudillo español es advertido de la muerte de su rival y, haciendo gala de su magnanimidad, ordena que el cuerpo sea trasladado a la iglesia de San Francisco de Barletta para ser sepultado con todos los honores requeridos por su condición.

Madrazo pone especial empeño en la representación minuciosa de cada uno de los detalles y en la plasmación de las calidades matéricas de tejidos y metales, y centra la obra en la figura de Fernández de Córdoba a lomos de un caballo árabe. El pelaje albo del corcel se convierte, precisamente, en el punto más luminoso de un cuadro de cromatismo general sombrío, determinado por el gris brumoso del cielo, por el tono pardo del paisaje que sirve de fondo a la escena y por el negro dominante en la indumentaria de la mayoría de los personajes. Colores oscuros, pero no por ello mates o apagados, sino aplicados de forma brillante, intensa, hasta dotar a la obra de un acabado final de aspecto satinado.

A pesar de tratarse de una pintura de historia, Madrazo no renuncia a ensayar en ella el género que mayor fama —y fortuna— le proporcionará en los años venideros: el retrato. La vivacidad y extremado naturalismo que presentan los rostros de los integrantes de la escena —en franco contraste con el estatismo de sus posturas y ademanes—, denotan su copia del natural. Y, efectivamente, los investigadores han llamado la atención sobre la identidad de muchos de los efigiados. Personalidades como el poeta Espronceda, el sainetero Ventura de la Vega, o Joaquín Fernández de Córdoba, marqués de Povar y descendiente del Gran Capitán, prestaron sus facciones a algunos de los personajes del cuadro. Hasta el propio artista no dudó en incluirse entre ellos, autorretratándose en el joven que, desde el extremo derecho de la composición, mira directamente al espectador.

Años después, en 1866, su discípulo Casado del Alisal retomará el asunto con el lienzo Los dos caudillos (Madrid, Palacio del Senado), en el que el Gran Capitán, con evidente gesto apesadumbrado, no ha dudado en descender de su cabalgadura al toparse con el cadáver desnudo y macilento del duque de Nemours.

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