Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Cultura y tradiciones
Viernes, 14 de mayo de 2010

Rinconete

Buscar en Rinconete

CULTURA Y TRADICIONES

El rincón cubano de Miami

Por Josefina Cornejo

Existe una pequeña porción de Cuba en territorio norteamericano: la Pequeña Habana, el barrio más popular de la ciudad de Miami, destino por antonomasia de la diáspora cubana desde 1959. Situado en el corazón de la llamada Capital o Puerta de Latinoamérica, en sus calles han hallado refugio los llegados desde la isla caribeña que, con el paso del tiempo y sucesivas oleadas migratorias, se han consolidado en una poderosa comunidad que ha recreado en este rincón su tierra natal.

1959, tal y como apuntábamos, marcó el inicio de la inmigración masiva de cubanos a Miami. El desarrollo demográfico, lingüístico y sociocultural de la urbe tomaba un giro inesperado: la ciudad acogió a más de medio millón de exiliados en apenas una década. El éxodo desde el pequeño país caribeño a EE. UU., sin embargo, no es un fenómeno reciente; al contrario, su historia tiene una larga tradición. Las primeras noticias de la llegada de cubanos al vecino del norte datan del siglo xvi, cuando en 1565, durante el periodo colonial español, Pedro Menéndez de Avilés, primer gobernador de la Florida y gobernador de Cuba entre 1567 y 1574, fundó en la costa atlántica San Agustín, el asentamiento europeo más antiguo del país. En los siglos sucesivos, continuó el goteo paulatino de cubanos que dejaban atrás su isla en pos de nuevas oportunidades y, por qué no, del sueño americano, en estados como Luisiana, Texas y Nueva York, si bien Florida se afianzó desde los comienzos como el destino predilecto por su cercanía y características climatológicas similares.

Las primeras décadas del siglo xx fueron testigo de una nueva oleada de inmigrantes cubanos, muchos de ellos opositores que huían del régimen militar y dictatorial instaurado por Fulgencio Batista en 1952. Tras su derrocamiento y los primeros días del triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro en 1959, Miami fue el emplazamiento escogido por los partidarios del gobierno del dictador depuesto para refugiarse a su marcha del país. En 1961, a raíz de la nacionalización de las instituciones educativas, los hospitales, la tierra y las industrias, numerosos simpatizantes de la revolución en un inicio partieron, descontentos con el cariz que la situación política y económica comenzaba a tomar, y recalaron igualmente en Miami. Unos años más tarde, entre 1965 y 1972, los denominados Vuelos de la Libertad trasladaron, tras un acuerdo entre el líder cubano y su homólogo norteamericano Lyndon B. Johnson, a miles de refugiados hasta, principalmente, suelo miamense. La ciudad comenzaba así a adquirir tintes claramente latinos y se convertía en un verdadero puente a Latinoamérica. En 1980 se produjo el éxodo del Mariel: la salida masiva de 125.000 cubanos desde dicho puerto con rumbo, de nuevo, a Miami. En las últimas décadas la diáspora cubana ha adoptado también nuevas formas: los balseros o pies mojados que, en un claro desafío al mar, intentan salvar los casi 150 kilómetros que separan a Cuba de la península de la Florida, y los pies polvorientos, que han encontrado a través de México una ruta alternativa para llegar a territorio norteamericano.

Volvamos a la Pequeña Habana. Los sucesivos colectivos de batistianos, anticastristas y marielitos han ido articulando el espíritu de estas calles —así como el de toda la ciudad— que se han convertido en un centro social, cultural y político. Con motivaciones distintas para abandonar Cuba e ideologías opuestas, han compartido no obstante el mismo objetivo: recrear su patria. En este rincón de EE. UU., todo recuerda a La Habana. Desde el español que se escucha por doquier —con distintos acentos, eso sí, debido a la miríada de latinos que se han sumado a este puzle urbano en los últimos años— a la gastronomía, el café, las iglesias, la santería, los habanos, el dominó, la música y la salsa transportan al visitante a los paseos de la capital cubana. El epicentro lo constituyen la Calle Ocho y sus aledaños, donde han proliferado los iconos de la vieja Habana y se recrean el ambiente, las tradiciones y los lugares comunes de los paisanos que permanecen en la isla. Las fábricas de tabaco reproducen las mismas técnicas de su país, si bien sin utilizar la hoja de Cuba, tan apreciada por los primeros colonos españoles; los puros habanos se fuman en concurridas tertulias espontáneas e improvisadas en las calles o mientras se juega al dominó en el parque Máximo Gómez o Parque del Dominó; la obra de sus pintores y escultores se exhibe con orgullo en galerías y en el Museo Cubano de Arte y Cultura; la Plaza de la Cubanidad rinde tributo a las seis provincias cubanas y a los mártires y héroes fallecidos de la nación; los triunfos de sus más famosos artistas se celebran y conmemoran en el Paseo de la Fama. Todo ello en apenas unas pocas calles en el corazón de una de las grandes metrópolis norteamericanas que, con la mayor población hispanohablante del hemisferio occidental fuera de Latinoamérica, tiende puentes a sus vecinos del sur.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es