ARTE / Claroscuro
Por Francisco de Asís García García
Los frontales o antipendios son plafones que se situaban en el frente de la mesa de altar, en ocasiones extendiéndose por los laterales, y que han sido considerados uno de los precedentes del retablo. El que hoy presentamos, procedente de la iglesia gerundense de San Esteban de Guils de Cerdanya y adquirido por el Patronato del Museo en 1963, adoptó desde su incorporación a los fondos del Prado una disposición análoga, que ofrece junto a las pinturas de la Vera Cruz de Maderuelo la imagen de un presbiterio de época románica, donde decoración mural, ajuar y mobiliario litúrgico se complementan configurando un espacio apto para el desarrollo del culto.
Tradicionalmente se ha considerado que ejemplares como éste, pintado sobre tabla, constituían un remedo de los frontales de orfebrería y esmalte que atesoraban las grandes catedrales y monasterios, verdaderos objetos de lujo sólo al alcance de ilustres promotores y de instituciones destacadas. Conocemos gracias a las fuentes la existencia de estas suntuosas obras en enclaves como la catedral de Santiago de Compostela, patrocinadas por el obispo Diego Gelmírez, o en el priorato benedictino de Santa María de Nájera, realizadas por orfebres de procedencia foránea. Hoy en día se conservan aún ejemplares como el de San Miguel de Aralar o el de la Capilla Palatina de Aquisgrán, que deslumbran por la riqueza de sus materiales y por su perfección técnica. Pese a que el prestigio de obras como las citadas debió hacer de ellas modelos dignos de imitarse, últimamente se ha reivindicado la relación de los frontales pintados con otras manifestaciones artísticas, como la ilustración de manuscritos o la pintura mural, que plantean una comunidad de recursos estilísticos e iconográficos con el mundo del frontal.
En la iconografía de los frontales de altar suele reiterarse la presencia de imágenes teofánicas o de exaltación mariana en el centro de la tabla, como es el caso de la Maiestas Domini de Guils, flanqueada por el consabido tetramorfos. El colegio apostólico concurre frecuentemente en estos ejemplares, y probablemente sea una sintética representación del mismo la que figura en animado diálogo en el cuerpo inferior del custodiado en el Prado. El repertorio de gestos y actitudes se repite como un calco entre ambas parejas de apóstoles, lo que evidencia los sumarios recursos del artífice. El registro superior de las calles laterales se dedica a la vida de San Esteban, primer mártir del cristianismo y titular de la iglesia de procedencia del frontal. Dos leyendas identifican las respectivas escenas: «LAPIDABANT STEFANVS» y «SEPELIEBANT STEFANVS». Su martirio fue un tema representado con relativa frecuencia en el arte medieval, como puede comprobarse en las pinturas murales de Sant Joan de Bohí por citar otro ejemplo del entorno románico catalán.
La materia hagiográfica fue ganando una creciente presencia en el ámbito del frontal de altar, hasta el punto de llegar a destinarse el espacio central del mismo a la imagen del santo. La lapidación de Esteban y su entierro son narradas con gran ingenuidad y economía de recursos. Los personajes no muestran expresión alguna y son patentes las desproporciones anatómicas y las incongruencias espaciales propias de un proceder plástico que prima los valores conceptuales. La sepultura del santo se realiza en presencia de un obispo, acaso Juan de Jerusalén, con la asistencia de los «hombres piadosos» que relata el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Se ha establecido un juego de contrastes cromáticos en el fondo de los diferentes compartimentos que dividen la superficie en retícula de la tabla, alternando el rojo y el verde. Este proceder denota una preocupación estética y un gusto por la variación presentes aun en obras tan alejadas de la vanguardia plástica del momento como puede ser este frontal. Dado el carácter arcaizante de la obra, los especialistas tienden a situarla entrado ya el siglo xiii.