Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
El siglo iii fue el principio del fin del Imperio romano. A Roma solo le restaba un momento fugaz de resurgimiento, los gobiernos de Diocleciano (284) y Constantino (312), que intentaron devolver al Estado el prestigio perdido.

Escultura romana (ca. 250 d. C.): Retrato de un muchacho romano (detalle)
Mármol blanco, 46 cm de altura
Núm. de inventario: E-365
Nariz y orejas añadidas
Pero la decadencia era imparable, ya había impregnado a la sociedad, al espíritu de Roma, a la economía y a la cultura. Incluso los dioses romanos estaban desacreditados. Los pueblos sometidos al otro lado del limes sabían que el fin del vasallaje y la esclavitud estaba cerca y presionaban para acelerarlo. La propia ciudad de Roma, la caput mundi, había perdido gran parte del esplendor y su inseguridad rayaba la anarquía; de hecho, pronto le saldrían competidoras: Tréveris, Milán o Nicomedia fueron capitales durante la posterior Tetrarquía (284-312) y, en 326, Constantino le asestó un golpe decisivo con la fundación de Constantinopla. El siglo iii se recuerda, además, por la rapidez con que se sucedían los emperadores, que llegaban al trono siendo todavía niños y que no alcanzaban la mayoría de edad con vida. Salidos de las filas del ejército y proclamados por las legiones, uno tras otro fueron asesinados (a excepción de tres) a los pocos meses de gobierno. El primer emperador niño fue Alejandro Severo (222-235), el último de la dinastía de los Severos. La iconografía de los retratos imperiales se vio radicalmente transformada en esta época. Adoptaron lo que podríamos llamar una «estética militar»: pelo muy corto, barbas de una o dos semanas (cuando no eran niños imberbes) y austeridad en el atuendo.
Dentro de esa estética se encuentra este retrato conservado en el Museo del Prado fechado en torno al año 250 d. C. Un estudio detenido, como el realizado por Stephan F. Schröder, permite reconocer dos manos en la labra de esta cabeza. Los talleres escultóricos en estos tiempos decadentes también estaban en crisis y sólo trabajaban para unos pocos potentados. Sin embargo, no podemos asegurar por ahora que este muchacho de gesto adusto sea uno de esos emperadores infantes ni, en el caso probable de que lo fuera, su identidad. La razón es que carecemos hasta la fecha de réplicas o retratos similares. Por su trascendencia, los emperadores controlaban personalmente su imagen pública. La efigie oficial del soberano, una vez fijada, se plasmaba sobre las acuñaciones a su nombre y se distribuía en forma de bustos o estatuas por todo el imperio como medida propagandística. También es cierto que, en el caso que nos ocupa, durando su reinado de tan escasos meses no daba tiempo a distribuir muchas copias. Dado que desconocemos el origen de esta cabeza madrileña, esperemos que un nuevo hallazgo nos revele al menos su identidad.