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Jueves, 21 de mayo de 2009

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Literatura

Libros clave de la narrativa boliviana (XI).
Los cuentos de Ricardo Jaimes Freyre

Por Marcelo Villena Alvarado

Reunidos y publicados en 1975 bajo el título Cuentos, «Mozaicos bizantinos, Zoe» (originalmente en Revista Azul, México, 1896); «Los viajeros» (en Almanaque Sudamericano, Buenos Aires, 1900, y luego en El cojo ilustrado, Caracas, 1904 y 1908); «Zaghi, mendigo» (en Revista de Letras y Ciencias Sociales, Tucumán, 1905), así como «En las montañas» (1906) y «En un hermoso día de verano» (1907, Tucumán), constituyen la faceta menos conocida del que formara, junto a Darío y Lugones, «la trilogía evangélica del modernisno novomundano» (Medinaceli). Consagrada por su poesía (sobre todo Castalia bárbara, 1913) y la exploración formal del «versolibrismo» (sistematizada en Leyes de versificación castellana), su obra todavía guarda más de un encanto: para los especialistas, ciertamente, a los que esperan todavía varios dramas, ensayos historiográficos, una nutrida correspondencia e incluso una novela inconclusa; pero también para todo aquel a quien todavía tiente reanudar y descubrir las llamadas «no escuchadas» (diría Kundera) del siglo veinte boliviano y continental. En esta perspectiva, los relatos de Jaimes Freyre aparecen como una suerte de miniaturas que ponen en escena no sólo los dilemas esenciales de su exploración poética, sino también tradiciones, dramas, ficciones y posibilidades de alguna manera desatendidas por nuestra narrativa y nuestra historia.

Por supuesto, en estos cuentos Jaimes Freyre moviliza consabidos rasgos y dilemas de la escritura modernista: exotismo, voluntad creadora de estilo y perfección formal; dilemas de una exclusión con respecto a un orden que asimila a locos, parias y poetas; drama del artista desgarrado entre el prosaico mundo moderno y el de la belleza, el ideal y la totalidad perdidas. Pero hay algo más que «chinerías» en la historia de Zaghi, el mendigo fiero y contrahecho del khanato de Tain-fú, cuando el azar pone entre sus manos los signos del poder y la riqueza. Con este personaje, que no será ya mensajero imperial como su padre, que ha aprendido que el «destino era él», Jaimes no sólo prefigura a Borges, dando genealogía histórica a su ficción, arrancando una otra historia del olvido, «que es lo mismo que arrancarla de la nada». Varía más bien el drama de Segismundo, ese otro «compuesto de hombre y fiera», que en La vida es sueño se enfrenta a un mundo donde el poder de los signos es infinito y el dilema fundamental el del albedrío. Así también si «En las montañas», considerado junto a Wuata-Wuara (de Alcides Arguedas) como precursor del relato indigenista en Bolivia, Jaimes encara un conflicto medular para la literatura y la historia de la región andina, también hace mucho más que referir, denunciar o tomar partido frente al «problema del indio».

Al dramatizar el conflicto al modo eucarístico, abre también una interrogación que interpela nuestra historia desplazándola de una lógica de identificación hacia una lógica de pacto, de la alianza (rota, para la ocasión, pues se trocó cuerpo por cadáver). Así, finalmente, tampoco es Zoe el «poeta hambriento» que se gana la vida deleitando al «El rey burgués» «muy aficionado a las artes» (Darío). La hetaira que vivía en Bizancio en tiempos de Nicéforo es paradójicamente la bárbara, la pagana, la extranjera que entre «generales gloriosos» o «prelados que discutían en los concilios», que le piden su opinión sobre la naturaleza del Hijo, responde con una blanda música que ritma sus palabras y con la danza tenue que seguía las «inflexiones de su voz». Si no hay paz ni integración entre Zoe y Bizancio, la ateniense tampoco busca usurpar el trono del imperio, tampoco se le somete, tampoco se refugia en el là-bas o en la marginalidad. Parece apropiarse de todo ese mundo, seduciéndolo desde la intimidad de ese su gabinete donde se hace finalmente inasible: «La griega es idólatra —decían los fanáticos… Pero los amigos de Zoe sabían que era cristiana»…

No es mera coincidencia, entonces, si «Los viajeros» explícitamente varía sobre el tema de «El Hospitalario» (poema dedicado a Darío), el de «La légende de saint Julien l'Hospitalier», finalmente, el segundo de los Tres cuentos de Flaubert: como si poco después, desde las antípodas, entre el cuento y el poema Jaimes Freyre abrazara también la verdadera vocación de la escritura: «en el abrazo sensual de san Julián al leproso podemos reconocer el arduo punto de llegada a que tiende la ascesis de Flaubert como programa de vida y de relación con el mundo» (Calvino).

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