Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Entre los paisajistas españoles del siglo xix encontramos a Aureliano de Beruete, responsable de la renovación pictórica del género a finales de siglo. Procedente de una familia madrileña acomodada supo compatibilizar sus estudios en Derecho, con la política y el arte de la pintura, y su desahogada situación económica le permitió coleccionar importantes obras de arte entre las que se encontraba un dibujo de Miguel Ángel o una Expulsión de los mercaderes del templo del Greco.

Aureliano de Beruete (1845-1912): Vista de Madrid desde la pradera de San Isidro (detalle)
Lienzo, 62 x 103 cm
Núm. de inventario: 4245
Su iniciación en el género del paisaje, al que sin duda debe su fama, se debe en gran medida a la influencia que recibe durante su formación en la Escuela de Bellas Artes del pintor Carlos de Haes. El magisterio del pintor belga supo introducir al madrileño en la pintura realista de la naturaleza, en donde la luz, la orografía del terreno o los efectos atmosféricos podían conjugarse con resultados asombrosos, sin necesidad de acudir a la teatralización ficticia del romanticismo. Su marcha a París en 1878, y gracias al pintor Martín Rico que lo introdujo en los círculos artísticos, le permitió conocer de primera mano la efervescencia artística que en la ciudad del Sena estaban protagonizando los pintores de paisaje de la denominada Escuela de Barbizón o de los impresionistas, capaces de lograr obras de una fuerza desconocida hasta entonces. En sus obras la realidad se disuelve en fugaces impresiones pictóricas a través de la yuxtaposición de manchas y pinceladas de color, capaces de atrapar la contingencia más sutil, íntima o cambiante del paisaje y la naturaleza, del movimiento y de los cambios atmosféricos, frente a la precisión del dibujo o de la composición arquitectónica de la perspectiva de los pintores clásicos, tal como se puede estudiar en las telas de su amigo Monet. Pero por otra parte no es de extrañar la devoción que tuvo por Velázquez, al que estudió técnicamente mientras fue copista en El Prado, ya que el maestro sevillano supo comprender mejor que nadie las posibilidades impresionistas, con más de dos siglos de antelación, ante su genial capacidad a la hora de enfrentarse a la naturaleza, que llega a convertirse en protagonista pictórica en sus plenairistas Villas Medicis. Lo mismo podríamos decir de Goya y su pintura desleída en toques de color, y más cuando contemplamos su Pradera de San Isidro, obra que forzosamente se nos viene a la memoria cuando contemplamos las diferentes vistas que realiza Beruete de la fachada occidental de Madrid, desde las praderas que discurren paralelas al curso del Manzanares. Todo ello explica la fuerte personalidad creativa de un Beruete capaz de arrancar al paisaje, tanto urbano como natural, los valores más elevados de los que pudo disfrutar el arte de la pintura. La austera nobleza de sus paisajes castellanos, la quietud silenciosa y velazqueña de sus vistas del Guadarrama o sus monumentales e íntimas visiones de Madrid, laurean con justicia la fama de uno de los pintores españoles más interesantes del último tercio del siglo xix.
En esta obra en la que el cielo y el río tienen a Madrid por frontera, el artista despliega todo su bagaje técnico. Toda la sociedad está representada y, casualmente, perfectamente jerarquizada. En el centro el Palacio Real en blanco queda flanqueado por la Iglesia y el estamento militar. Así aparece el cuartel de la Montaña en el Príncipe Pío a la izquierda y el Seminario a la derecha junto a la cúpula de San Francisco el Grande. A los pies de la ciudad, junto a las praderas del río, aparece el pueblo de Madrid o, mejor dicho, sus lavanderas tendiendo la ropa.