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Martes, 13 de mayo de 2008

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Arte / Claroscuro

El pozo de San Isidro

Por Marta Poza Yagüe

Junto a la Iglesia de San Andrés, en uno de los rincones más castizos de la capital de España, se inauguró en el año 2000 el Museo de San Isidro, museo de titularidad municipal que ocupa una casa-palacio renacentista edificada en el siglo xvi sobre el solar en el que, en el xii, sitúa la tradición la vivienda de San Isidro Labrador, patrón de Madrid. Entre las piezas custodiadas se conserva aún un sencillo pozo, de brocal liso, escenario de uno de los milagros más famosos del santo.

Ilustración. Alonso Cano (ca. 1601-1667): «El milagro del pozo» (detalle)

Alonso Cano (ca. 1601-1667): El milagro del pozo (detalle)
Lienzo, 216 x 149 cm Núm. de inventario: 2806

Cuentan que un día, mientras Isidro y su mujer trabajaban, el hijo de ambos cayó en un descuido al fondo del pozo. Advertido del suceso, San Isidro elevó sus súplicas al cielo e, inmediatamente, comenzó a subir el nivel de las aguas hasta depositar al niño sano y salvo en la superficie. El tema fue reproducido en uno de los lienzos más conocidos del granadino Alonso Cano. El pintor parece haber congelado la imagen en el preciso momento en el que la criatura está ya a salvo, prácticamente fuera del pozo y rodeado por los brazos de su madre. Con sus manos gordezuelas ase las cuentas de un rosario que pende de una de las manos del santo, ante la mirada sorprendida de dos mujeres que han ido al lugar con sus cántaros en busca de agua y de otros dos niños, seguramente los compañeros de juegos del pequeño accidentado. Si no fuera por la presencia del nimbo tras la cabeza de San Isidro, aún transido por la experiencia divina, nada diferenciaría la milagrosa instantánea de una amable escena de género. Todos los detalles nos hablan de las actividades cotidianas de las gentes del momento, desde la herramienta agrícola que reposa a los pies del santo o los cántaros de barro de las aguadoras, hasta el cuidado detalle con el que se han reproducido elementos como la soga y la polea para descender el cubo hasta el agua o, incluso, el borde mellado del brocal, fractura aún perceptible hoy día en el pozo conservado en el Museo. Hasta el perrillo, ajeno a lo extraordinario del momento, parece entretenido únicamente en beber el agua que haya podido resbalar hasta el suelo.

Pero lo que realmente hace de este cuadro una obra maestra, entendida como tal ya por los críticos de su tiempo, es su factura. La pincelada es rápida y vibrante, casi desdibujada en algunos puntos; los colores son sutiles, con un dominio de los pardos, vivamente contrastados por el rojo del vestido de Santa María de la Cabeza; y las luces y sombras, sabiamente repartidas, crean en su conjunto una sensación atmosférica en la que el aire parece circular entre los distintos personajes. Tanto por la técnica, como por la elección de los tipos populares, Cano se revela admirador de los grandes maestros venecianos, pero, sobre todo, de Velázquez, con quien coincidió en varias ocasiones a lo largo de su carrera artística.

El cuadro estuvo un tiempo en la antigua iglesia madrileña de Santa María de La Almudena, desde donde pasó al monasterio de las Bernardas del Sacramento. Tras la Desamortización fue llevado al Museo de la Trinidad, ingresando finalmente en El Prado en 1941.

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