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Jueves, 8 de mayo de 2008

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Literatura

Libros clave de la narrativa boliviana (IV).
La Chaskañawi

Por Marcelo Villena Alvarado

La obra de Carlos Medinaceli (1898-1949) es sin duda determinante para el siglo xx en Bolivia. Protagonista, en torno a la revista Gesta Bárbara, de la primera y más importante de las vanguardias bolivianas, autor de ensayos fundadores en torno a la formación de una literatura y una cultura «nacionales», Medinaceli despliega una reflexión y una sensibilidad íntimamente ligadas a la irrupción de la modernidad en Bolivia; proceso que tiene por hitos fundadores la guerra contra el Paraguay (que entre 1932 y 1935 integró al escenario de la república a la masa de población indígena) y la llamada «revolución nacional» (que en 1952 consagra el proyecto de una nación moderna fundada en el mestizaje). Desde esta perspectiva, La Chaskañawi publicada en la Paz en 1948, se insinúa como paradigma de la noción de «novela nacional» entendida por el Medinaceli ensayista como expresión insustituible del genius loci boliviano. La opción de Adolfo por Claudina (la chaskañawi: en quechua, «mujer de ojos grandes, de pestañas largas») instaura efectivamente un escenario de fábula para una alegoría del proyecto nacional. A la muerte del padre y desencantado de la ciudad moderna donde realizó estudios universitarios, Adolfo vuelve a la hacienda familiar que debe asumir en herencia junto al matrimonio arreglado con Julia: la «señorita» que encarna el agotamiento de la sociedad criolla-provincial al que el propio Adolfo parece definitivamente condenado. Por supuesto, para el protagonista semejante retorno es patético, y solamente encuentra desahogo en las borracheras y fiestas de Chirca, el pueblo, donde destaca la figura de Claudina, la «chola» que encarna el paradigma femenino del mestizaje. Ante semejante encrucijada, Adolfo terminará optando por la chaskañawi según una elección famosa y comúnmente leída como trasgresión del orden familiar y social: asumida finalmente su atracción por Claudina, Adolfo parece emanciparse de la condena que un mundo agonizante le impone y, de este modo, asumirse como sujeto de un nuevo proyecto.

Además del escenario de fábula, sin embargo, Medinaceli deja entrever también aspectos menos felices de dicha mistificación. Lo que La Chaskañawino puede sofocar, en suma, son los deslices entre la idílica opción de Adolfo y una escritura que acusa síntomas de un menos idílico proceder: ése que en última instancia corresponde a un sujeto que se afirma y construye a punta de violaciones. Ciertamente, pues fragmentado entre la ciudad y la hacienda, entre la cultura moderna y la fuerza de la naturaleza, Adolfo construye su identidad violando a Julia (ante el inicial desdén de Claudina), tal como violará a la propia chaskañawi para el final feliz de la novela, forcejeando con ella y sofocando sus besos. La «opción por el mestizaje» aparece entonces menos como una transgresora y reivindicativa elección por «el otro», y más como una imposición violenta, una subordinación del otro dentro de un proyecto que busca, al pie de la letra «hacerlo suyo cueste lo que cueste».

Pero hay más, ciertamente, pues para legitimarse la «opción por la chola» necesitaba de una apenas más sofisticada impostura. Si Adolfo se atreve a «hacer suya» a Claudina, es porque esta no podía ser una cualquiera: para que el héroe opte por ella, la chaskañawi no tenía que ser una chola, faltaba más, sino «una chirquense de pura sepa»: como Adolfo, descendiente de los primeros pobladores españoles de Chirca. Resulta entonces que con la chaskañawi Medinaceli pone en escena una Cenicienta que sostiene una opción (en apariencia transgresora y creadora de un nuevo sujeto nacional) que se revela finalmente como restauradora. Lo que con la chaskañawi se realiza, ciertamente, es el anhelo por el viejo orden gamonal cuyo emblema son precisamente esos ojos, negros y grandes que desde el título, y a todo lo largo de la novela, subsumen a la chola bajo un ideal femenino de castiza estirpe: el de la austera y cristiana madre que Adolfo consagra en su propia madre, por cierto ya venida a menos en el momento de su regreso a Chirca: «¡Qué arruinada estaba, sus ojos, negros, grandes, se le habían hundido…!»

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