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Martes, 16 de mayo de 2006

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ARTE / Claroscuro

La academia de Bolonia y los Carracci

Por Juan Carlos Ruiz Souza

El paso existente entre el Renacimiento y el Barroco en lo que atañe al arte de la pintura no fue un camino sencillo. Debemos situarnos en las décadas centrales del siglo xvi y en ese arte hermético y de lectura complicada, sofisticada e intelectual del Manierismo, tal como se aprecia en la obra de Vasari, Buontalenti, Rosso Fiorentino, Andrea del Sarto, Parmigianino, los Zuccari, Cambiasso, Tibaldi... Fue necesario volver la mirada a la naturaleza, a los sentimientos, a los mensajes claros y sencillos, al valor de lo cotidiano y de la familia, a la religiosidad popular que conmueve a los fieles al ver como sufren sus santos. En todo este cambio fue esencial el papel jugado por Ludovico Carracci y sus primos Agostino y Annibale. Su taller de Bolonia se convirtió en una escuela revolucionaria, donde los pintores estudiaban con máxima libertad la naturaleza y su diversa realidad, sin olvidar el legado de los grandes maestros y de la propia Antigüedad, frente al encorsetamiento frío que los artistas manieristas sufrieron en su formación. Surge así una de las vías fundamentales de renovación del último renacimiento, que se complementaría con el otro camino, diferente e incluso más revolucionario, abierto por Michelangelo Merisi, ilCaravaggio, quien también obtuvo de la minuciosa observación de la naturaleza el máximo fundamento de su arte.

La propia compenetración existente entre los Carracci hizo posible el éxito de su proyecto. Ludovico fue el impulso vital de la academia y en su obra se observa ya un lenguaje claro y directo, de comprensión sencilla y asequible para todos. Agostino se convirtió en el fundamento teórico e intelectual de los futuros pintores, y su propio apego a la tradición fue esencial para comprender qué había sucedido en el arte que hoy llamamos renacentista. Annibale, en cambio, fue la verdadera renovación. Comprendió y utilizó a su antojo la herencia de los maestros antiguos, creando algo completamente nuevo. Jugó, según sus necesidades e intereses, con la realidad y sus apariencias, así como con la técnica y sus posibilidades. No dudó en acudir a los aspectos psicológicos de los personajes y a los valores más expresivos para persuadir al espectador. Al fin y al cabo nos hallamos ante los postulados de la Contrarreforma defendidos en el Concilio de Trento.

En esta obra de Annibale Carracci podemos observar todo lo dicho hasta ahora. La luz, la intimidad, o la familia, se convierten en valores intrínsecos de un mensaje fácilmente comprensible, sin necesidad de acudir a principios teológicos más profundos.

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