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Martes, 31 de mayo de 2005

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ARTE / Claroscuro

En recuerdo de Cervantes

Por Marta Poza Yagüe

Ahora que el mundo de las letras festeja el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, tal vez no esté de más recordar aquel suceso histórico en el que su autor tomó parte y en el que resultó mutilado, siendo la causa por la cual es conocido universalmente con el sobrenombre de «el Manco de Lepanto».

A mediados del siglo xvi, el poderío naval de la armada turca parecía incontestable en todo el Mediterráneo Central y Oriental. Para terminar con esta hegemonía marítima, que se estaba convirtiendo en seria amenaza para la integridad territorial de los estados italianos (sobre todo tras las incursiones a Malta en 1565 y a Chipre en 1570), Pío V impulsa la creación de un gran ejército cristiano liderado por España, la República de Venecia y el propio Papado: la Santa Liga. Será en la mañana del 7 de octubre de 1571, frente a las costas griegas del Estrecho de Lepanto, cuando se enfrenten las escuadras cristiana y otomana, dirigidas por D. Juan de Austria y Alí Pachá, respectivamente. Tras horas de combate, y gran número de bajas por ambos bandos, la balanza se inclinará, finalmente, del lado de las fuerzas capitaneadas por el militar español.

Para conmemorar la victoria, así como el inmediato nacimiento de un niño que en esos momentos estaba llamado a ser el heredero del trono, Felipe II encarga a Tiziano la composición de un gran cuadro triunfal, que formara pareja con aquel otro que había pintado años atrás para su padre tras derrotar a los sublevados alemanes de la Liga de Smalkalda (véase el Rinconete del 11 de abril de 2000).

Sin ser una de sus mejores obras, el maestro veneciano nos ha legado un lienzo en el que la alegoría se convierte en la protagonista del diseño. En el centro, y como si de un sacerdote oficiando ante el altar se tratase, Felipe II eleva sobre una mesa el cuerpo desnudo del infante D. Fernando, en un gesto doble de agradecimiento y ofrenda al cielo. El niño, primogénito del matrimonio formado por el rey y su cuarta esposa, Ana de Austria, recoge con la mano una palma, símbolo de la victoria, que le ofrece un ángel que desciende desde el cielo en violento escorzo. Junto a la palma, una filacteria desplegada muestra la leyenda MAIORA TIBI («mayores triunfos te esperan»), en alusión a su futuro reinado; deseos que se verán truncados pocos años después con la muerte del infante. Limitada en el costado derecho por una monumental columnata que acentúa la sensación de profundidad, la escena se desarrolla en una balconada abierta frente al mar, lo que posibilita la inclusión, como fondo, de la batalla naval. En el primer plano, testigo mudo del triunfo cristiano, un prisionero turco, maniatado, permanece sentado a los pies de la mesa con la mirada ausente.

Ejecutada en el taller del artista en Venecia, fue su primer destino la Casa del Tesoro del Alcázar madrileño. Tras un breve período en El Pardo (ca. 1604-1626), y tras salvarse del incendio que destruyó el antiguo Alcázar de los Austrias (1734), decoró las paredes del Palacio Real Nuevo, siempre en compañía del retrato ecuestre de Carlos V en Mühlberg. Pasó al Prado en 1839.

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