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Martes, 24 de mayo de 2005

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ARTE / Claroscuro

Martirio de Santa Inés

Por Marta Poza Yagüe

Vicente Macip, uno de los pintores más representativos de la pintura valenciana de la primera mitad del siglo xvi, es también uno de los más desconocidos por la confusión que, durante siglos, ha llevado a no pocos investigadores a identificar su vida y su obra con la de su hijo, el también pintor Juan Vicente Macip, más conocido como Juan de Juanes.

Macip padre, sin necesidad de viajar nunca a Italia, asimilará a la perfección el lenguaje formal del pleno Renacimiento y del Manierismo italiano, practicado por los grandes maestros como Rafael o Sebastiano del Piombo. Si el conocimiento del primero pudo llegarle a través de estampas, la obra del segundo debió de serle mucho más familiar y directa, ya que se tiene constancia de la presencia de un lote de lienzos de este autor en Valencia hacia 1521, traídos desde Roma por el que había sido embajador de Fernando el Católico y Carlos V ante la corte pontificia, don Jerónimo Vich y Valterra. Son precisamente estos referentes los que se dejan sentir en la obra que nos ocupa.

El martirio de la santa, lejos de constituir un hecho aislado, se inserta en una composición mucho más amplia y dinámica en la que tienen cabida multitud de personajes en actitudes movidas. Centra la escena el cuerpo de la joven virgen romana, abrazada al corderillo con el que se asoció su figura por una confusión etimológica entre su nombre en italiano (Agnese) y la palabra latina que designaba al animal (agnus). Condenada por haberse negado a ofrecer sacrificios a los ídolos paganos, sobrevivió al suplicio del fuego muriendo, finalmente, decapitada. Todos los elementos de la leyenda tienen su lugar en el cuadro. En primer plano, los restos de maderas, aún humeantes, testigos de la hoguera en la que fue arrojada y de la que salió ilesa. Tras ellos, Inés arrodillada a punto de ser degollada por el verdugo. A la izquierda, con gesto imperativo, el juez que dictó la sentencia. Frente a él, en el lado contrario, un grupo de cristianos llorosos que están siendo expulsados del lugar por cuatro jinetes a caballo. Mientras que al fondo las gradas del templo son el lugar escogido por un grupo de personajes para adorar la estatua de una diosa, desde la parte superior descienden en una nube dos ángeles portando los símbolos del triunfo: la palma y las coronas del martirio.

Haciendo pareja con una Visitación, también de forma circular e igualmente conservada en El Prado, perteneció a un retablo que decoraba la capilla de Santo Tomás de Villanueva en el valenciano convento de San Julián. Allí lo citan entre otros Orellana y Palomino quienes, erróneamente, lo atribuyen a su hijo. Vendido por los monjes agustinos a finales del siglo xviii, fueron sucesivamente sus propietarios el inquisidor don Manuel Xaramillo y el marqués de Jura Real. Es a sus herederos a quienes les comprará el cuadro Fernando VII, en 1826, por la cantidad de 5000 reales, pasando en estos momentos a formar parte de las colecciones del Museo del Prado.

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