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Miércoles, 18 de mayo de 2005

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Lengua / Etimologías

Borges y la etimología de la palabra cosmopolita

Por Arturo Montenegro

Es complejo aclararse en el denso manojo semántico que hace del cosmopolita un individuo aventajado. Observando la virtud significativa de esta palabra, María Moliner escribe en su diccionario que el vocablo se aplica «a quien ha vivido en muchos países, tiene intereses en ellos, etc.; también a las cosas, costumbres, etc., cuyo uso se extiende a muchos países; y a los lugares en donde hay gente o costumbres de muchos países». En un planeta progresivamente interrelacionado, no hay duda de que conceptos como éste adquieren mayor interés. No obstante, en el uso común, el cosmopolita se presenta como un individuo refinado, que ha aprendido las estratagemas del protocolo internacional. Balanceándose entre culturas, las ciudades cosmopolitas sostienen esa misma etiqueta con una mezcla de vanidad y remisiones a un pasado glorioso.

Aunque no es fácil distinguir al genuino cosmopolita, Jorge Luis Borges se aplicó a este empeño en el discurso con el que inauguró la Exposición Homenaje a Xul Solar, en el Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata, el 17 de julio de 1968. Tras reconocer que había dado con pocos hombres dignos de ese título, el escritor subrayaba que el artista homenajeado era un auténtico ciudadano del universo: «Lo conocí allá por 1923 ó 24, mi memoria es falible para las fechas, lo cual no importa porque las fechas son convenciones». Como buen aficionado a la etimología, Borges quiso aprovechar la ocasión para analizar «una palabra que ha tenido escasa fortuna, la palabra cosmopolita».

Impulsada por la propaganda del cine y los medios masivos, esta voz resume lo que el autor argentino llama «laboriosa frivolidad». Es decir, viajeros que se niegan al compromiso, inquilinos de hoteles exóticos, aventureros despreocupados por las referencias topográficas, de esos que derrochan mundanería por sus poros. Con todo y pese a tales sugerencias, el linaje griego del vocablo nos conduce a su auténtico sentido. Al decir de Borges, ésta fue una creación de los filósofos estoicos. «Para los griegos, —dice— la patria era la ciudad natal, por eso hablamos de Heráclito de Éfeso, de Zenón de Elea y así de los demás». Alaba el escritor que los estoicos tuvieran la formidable idea de que «un hombre no tenía por qué ser únicamente ciudadano de su ciudad, polis, sino ciudadano del cosmos, cosmopolita, ciudadano del universo, o según la traducción alemana, Weltburger».

Pese a que las fotos del álbum mundial se han mezclado gozosamente, el diagnóstico de Borges conserva su vigencia: no abundan hoy los personajes similares al cosmopolita que, en aquellos lejanos días, describieron los estoicos. Discurriendo acerca del destino de esta palabra, podemos pensar que la modernidad tiende a desbaratar los propósitos más distinguidos.

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