ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Entre el amplio elenco de artistas de la corte española del Siglo de Oro se hallan muchos nombres apenas conocidos, mientras que de los más famosos, por lo general, sólo sabemos de una de sus facetas artísticas. Alonso Cano, además de un magnífico pintor, fue diseñador de muebles, un sobresaliente dibujante y un reputado arquitecto. Diego Velázquez estuvo detrás de la decoración de importantes salas del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, del Alcázar de Madrid, y fue el artífice del programa iconográfico del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, posiblemente el proyecto artístico más emblemático del reinado de Felipe IV. El propio genio sevillano viajó a Italia como embajador y comprador de obras de arte para la Colección Real, e igualmente se encargó poco antes de morir de preparar el escenario de la Paz de los Pirineos, en la Isla de los Faisanes del Bidasoa entre Felipe IV de España y Luis XIV de Francia, y por la que el rey galo contraería matrimonio con la infanta María Teresa de Austria.
Los pintores, por muy afamados que fueran, participaban también en empresas más prosaicas, en decorados de teatros, en pintar arquitecturas efímeras erigidas en fiestas religiosas, caso de las procesiones del Corpus Christi o en Autos de Fe escritos por importantes dramaturgos. Igualmente en aquellas de carácter laico; por ejemplo, en los festejos que se organizaban ante el juramento del Príncipe de Asturias o ante las entradas apoteósicas de reyes y príncipes, para quienes se levantaban a su paso arcos del triunfo de cartón piedra en la vía pública, en medio de la muchedumbre, decorados con cuadros y ricas iconografías simbólicas alusivas a la grandeza y virtudes de los monarcas y sus reinos. Lo mismo podríamos decir de las celebraciones fúnebres que con motivo de la muerte del soberano se organizaban en los templos más importantes del país mediante la construcción de grandes catafalcos.
Poco conocido nos resulta Bartolomé Pérez. Fue artista de Felipe IV y sobresalió como decorador de interiores, muy especialmente pintando telas y elaborando decorados para el teatro del Buen Retiro. Fue cuñado del afamado pintor de floreros y bodegones Juan de Arellano, a quien ayuda en múltiples ocasiones en sus encargos. En el Museo del Prado se conservan varios de sus cuadros de floreros y de santos muy venerados en la España del siglo xvii, como santa Teresa, san Francisco Javier o san Antonio, en el interior de ricas guirnaldas.